
Las jóvenes llevan memorizada toda la historia familiar de bisabuelos, abuelos, abuelos, primos y toda suerte de personajes del entorno más próximo que puede guardar la distancia. Papeles, pasaportes, recomendaciones, pasajes teñidos de amarillo por el tiempo y guardados en la los rincones más afectivos. Ellas desandaron el camino por el río Najerilla arriba, admiradas por el paisaje del valle y los viñedos, en un día de sol y cielo azul y mañana fresca.
María José Ferrer Cortés viene de Chile. Ella guarda imágenes del lugar en la retina, de las calles de las bodegas. Pero sobre todo de una, la de su familia, en la parte alta de Cenicero.
A media mañana Cenicero está tranquila. La tía-abuela de María José, Antonia, 'la chilena', una 'flamenca' como dicen en la ciudad, se presenta y se funde en un abrazo con la sangre. Antonia lo tiene todo fresco y reciente. «¿Que si conozco Chile? Como la palma de mi mano». 14.000 kilómetros... y todos los recuerdos. «Conozco este lugar como si estuviera aquí toda la vida», decía María José, una joven profesional de la cocina.
Primero quisieron tocarla de cerca, acariciar la puerta, analizar cada detalle de la fachada y de la planta para saber si correspondía con la imagen del recuerdo... Y después, la foto, las fotos, desde otra perspectiva, para grabar en la retina la historia de la casa del abuelo que está detrás del frontón.
Gardel cantaba aquello que «El viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar...». Pero ellas vienen a vivir con el alma aferrada a los dulces recuerdos de los ancestros. «Yo me juré que mi abuela, que ya murió, haría este viaje conmigo», decía María José.
Después, pasando Carril, enfilamos el valle del río Cárdenas para llegar a San Millán. María Florencia Rey, una 'morocha' argentina que estudia arquitectura, nos llevó a San Millán. Tras miles de kilómetros de distancia y ausencia, un pasaporte de comienzos del siglo XX. Ella no conoce a nadie. Su destino, sin embargo, estaba más arriba, en Lugar del Río, tentación que no pudo resistir y al que volverá para revolver entre los papeles.
Su identidad
Pero las cuatro querían construir una parte de su propia identidad para comprender su origen. De San Millán al valle del río Tobía. Matute abre las puertas del valle encantado. Ella, María, es de lágrima fácil. Hace años paseé con su abuelo por el pueblo. En el camino había visto un catálogo de la exposición 'El viaje de los sueños' en el que aparecía toda su familia y le asaltó la congoja. Acercándonos a Matute por la carretera de Villaverde, se divisaba el macizo rocoso que la protege.
Fue bajar en la plaza, junto a la iglesia, y María pareció entrar en trance. La niña, Dios, es como si estuviera absorta, deslumbrada por cosas sencillas que nos iluminan en lo cotidiano. Tres paisanos en el umbral de la iglesia. Hermosura de lágrimas. «¿Es tristeza», pregunté. «No. Es otra cosa. Es», decían, «ternura, es algo que no podemos explicar».





