Mucho más decisivo, indudablemente, me parece el que hayamos resuelto el misterio de los ojos azules. Ha ocurrido en Copenhague, la ciudad del pensador Kierkegaard, tan citado por mis admirados Faemino y Cansado. En La Rioja los ojos azules se nos han antojado de siempre un tanto extraños por su menor número respecto de los amorenados. Ya los autores de la canción Los ojos de la española afirmaban que eran como el mar, de donde aseguran los clásicos que emergió Venus, otro hidrocarburo pero en plan molón, de ésos que se mercan de vez en cuando los Sarkozy de turno. Los ojos negros también agradan, mas en otro canto los venden por traicioneros, por haber pagado mal. Reitero que los garzos llaman más la atención, y sobremanera cuando los admiramos en el rostro de Paul Newman hasta representando a un mestizo. Únicamente resistirían la comparanza los sumamente hispánicos y circenses de Marujita Díaz.
Los ojos azules, vea usted qué originalidad, proceden de un mar, pero de ése que llamamos Negro, y no superan los 10.000 años. Así que nuestros primeros padres no debieron tenerlos como los de la española de la melodía. Los navarros, nuestros vecinos, sabían hace años por qué algunas mozas de su tierra tenían azules las ventanas de la cara: de tanto mirar al cielo. Lo dice la letra que adaptaron a la extraordinaria jota de concierto de Joaquín Larregla. No siempre los enigmas encuentran respuestas científicas. Yo noté a principios del otoño pretérito que la color de mis ojos iba mudando lentamente, y el domingo pasado, poco antes de salir en la murga de carnaval, percibí que ya los tenía azules. He consultado a un amigo oftalmólogo, que no ha acertado a desentrañar la causa de tal mutación. Pero yo sí: de tanto mirar al cielo. O séase, a mi chica.






