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EL CRISOL
Orgullo
08.02.08 -

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Hombre sabio como pocos -de esa sabiduría que no otorgan ni facultades ni títulos sino miles de noches de insomnio con un libro abierto entre las manos-, solía esgrimir mi padre, cual indeleble seña de identidad, esta frase lapidaria: «Hijo, hay que tener amigos hasta en el infierno».

Nacido en Madrid y espabilado en Barcelona, fue mi padre fiel exponente de la 'Quinta del Biberón' compuesta por aquellos jóvenes españoles que cumplieron los dieciocho años en 1939 y que, por apenas unos días, pudieron evitar el cruel dilema de matar o morir en la Incivil Guerra.

Nadie les libró, sin embargo, de una asfixiante postguerra en la que el hambre y la penuria eran inseparables compañeras de viaje de la falacia y la sinrazón. Fue por aquel entonces cuando mi padre aterrizó en ese Logroño endogámico y provinciano que, con singular pericia, retratara Bardem -años más tarde- en esa obra maestra titulada
Calle Mayor
.

Más pronto que tarde aprendió a mimetizarse entre el paisaje riojano, conoció a Merche, mi madre, formó la familia que le ha acompañado hasta los últimos días de su existencia y fue doctorándose en la difícil asignatura de la vida.

Bregó, incansable, a contracorriente de una época hostil en la que nadie regalaba nada, aunque -eso sí- dignificando siempre la ardua profesión de viajante, que se decía entonces. Honradez, formalidad y puntualidad fueron los tres mandamientos sobre los que andamió su trayectoria vital y profesional.

Cultivó el sentido del humor como si de una religión se tratara, consciente de que sólo quien es capaz de reírse de sí mismo puede mirar, sereno, a los ojos de sus semejantes y, lo que es más complicado, escrutar en su interior sin temer inesperadas sorpresas.

En estos tiempos cambiantes donde nada es lo que parece, mi padre custodió hasta el final sus íntimas convicciones: «Amarás la amistad sobre todas las cosas».

Descansa en paz, papá.
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