Una sonrisa que ahora se ha borrado. «Esto está muy mal». Contesta al teléfono desde Nairobi, la capital del país, azotada como el resto de Kenia por una ola de violencia que parece infinita. Su propia situación es dramática: dejó Guadalajara en Navidad para pasar las vacaciones con su familia y atender a los 200 niños que tiene recogidos en su casa, en Ziwa, a 360 kilómetros de la capital. Su hogar es una suerte de granja-escuela donde se ocupa de la instrucción de un grupo de chavales con escasas posibilidades económicas. «Como están encerrados, sin comida, me he arriesgado a venir a Nairobi, pero no hay alimentos. Sólo venden sandías».
Su voz se encoge. Acaban de matar a tiros en esas mismas calles a un miembro del Parlamento «a sangre fría» y su viaje en busca de provisiones parece condenado al fracaso. «Quiero volver a España cuanto antes», admite, «pero ahora es imposible, porque las carreteras son muy inseguras y nos aconsejan que nos quedemos en casa». En su caso, tal pretensión es imposible: tiene 200 niños que alimentar y los recursos son limitados. Ha tenido que recurrir a la solidaridad que le prestan sus amigos de Guadalajara: una constructora alcarreña ya colaboró con él para construir su refugio para los críos y ahora le promete más colaboración. «Sí, también vendría bien alguna ayuda desde La Rioja, sobre todo con alimentos».
En su precario castellano, Moiben confiesa su emoción por recibir una llamada desde un lugar que conoce bien. «La Rioja es como mi casa», confiesa. Luego, envía un saludo a los organizadores de la Media Maratón y se acuerda también de Fermín Lasa, el cocinero del 'Mesón Egüés' de Logroño cuyos chuletones al parecer tanto añora. No hay tiempo para sentimentalismos; ofrece su dirección de correo electrónico para quien quiera ponerse en contacto con él y se despide: «Tengo que volver a casa. Me han dicho que llegan hoy otros cincuenta niños de 13 años».












