«Te vas aburrir», «no te vas a encontrar», «se te va a caer el mundo encima» eran las frases que escuchaba continuamente. Pero yo sabía que no. Me consideraba cumplida con la sociedad y me ilusionaba la idea de vivir mi vida, de cultivar aficiones que siempre me había negado. Me esperaban mis nietos, que me dan alegrías muy especiales; me esperaba el jardín de nuestra casita de Tricio donde las flores lloraban mi abandono; me esperaban miles de libros por leer; me esperaban el caballete, los pinceles y los óleos. Quería probarme como escritora y como pintora. Cuando vi publicado mi primer libro sentí tanta emoción como cuando tuve mi primer hijo. Cuando hice la primera exposición de mis cuadros, sentí la ilusión del primer amor. Acudo a cuantas propuestas me hacen de charlas, conferencias, tertulias de radio, presentaciones de libros... Voy al cine y al teatro. Una vez al mes retomo Madrid porque pertenezco a la Junta Directiva de la Asociación de Exparlamentarios y allí curo con mis compañeros la nostalgia de la política intentando arreglar el mundo sin broncas partidistas ni expectativas electorales. Viajo con mi marido, con mis hijos o con amigas... Pero lo más importante de todo es que lo que hago es porque me gusta. Es como una vida libre después de una vida obligada. Seguramente, ésta será mucho más corta que la anterior; por eso resulta más emocionante estrenarla y saborearla cada día.













