
Cuatro niños camboyanos, símbolos del drama, lo exigen y exponen ante el pueblo español sus razones: cuerpos rotos, muñones, ojos vacíos y una enorme sonrisa a pesar de todo. En Camboya las armas callaron hace ocho años, pero la paz no llegará nunca para Nak, Mao, Channeg, Khoeun y muchos otros como ellos. «Cada día hay dos o tres casos más, heridos por bombas de racimo. El año pasado, más de 800 en Camboya», recalca Kike Figaredo, el jesuita asturiano, prefecto apostólico de Battambang, que los cuida en el Centro Arrupe de discapacitados de esta población.
Mek Channeng tiene 19 años y desde agosto de 2005 engrosa las listas de víctimas de las bombas de racimo. Unas 100.000 en todo el mundo, según algunos cálculos. Cortaba madera con su hermano «y de pronto volé por el aire». Sabía que era una mina. «En el suelo me preguntaba quién la habría pisado». En el hospital le amputaron las piernas arriba de las rodillas y el brazo izquierdo por encima del codo. Afloran las lágrimas al recordar el episodio en la rueda de prensa de Greenpeace y la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), integrantes de la campaña internacional para que las bombas de racimo sigan el mismo camino que las minas antipersona, prohibidas hace diez años por el Tratado de Ottawa. Channeng recupera la voz y pide precaución a los niños españoles, «que no manipulen ningún artefacto extraño». «No queremos que esto le pase a nadie más», afirma. Juega al fútbol de portero y quiere estudiar informática. «Nuestro cuerpo está discapacitado pero el corazón lo tenemos entero». Desde luego.
Kike Figaredo, premio Vocento a los Valores Humanos 2007 y una larga lista de galardones, asegura que este niño y las decenas que atienden en el Centro Arrupe «se culpan» de su desgracia en lugar de señalar a fabricantes, mercaderes de armas y a quienes deciden usarlas.
El obispo gijonés, 22 años en Camboya, pide al Gobierno de Rodríguez Zapatero que apoye en Viena el veto total de las bombas de racimo, el fin de las'made in Spain' -al menos dos fábricas las producen, Expal e Instalaza- y que salga del Parlamento una Ley de Comercio de Armas «transparente» al término del trámite en el Senado.















