El prestigio que hoy en día atesoran Yuso y Suso se plasma en miles de visitas mensuales -para el inminente acueducto de la Constitución y la Inmaculada se prevé un lleno hasta la bandera-, acrecentada además esta reputación por la labor científica y divulgativa que lleva a cabo la Fundación San Millán.
A la Ruta de los Monasterios -sería injusto olvidar en este capítulo a Santa María de San Salvador de Cañas, Nuestra Señora de Valvanera, Santa María la Real de Nájera o el convento de la Piedad de Casalarreina-, el Camino de Santiago o las icnitas de La Rioja Baja -¿para cuándo ese centro temático de Enciso prometido desde hace años y años?-, en el último lustro se ha unido el auge del enoturismo -asignatura todavía pendiente de administraciones públicas y de un amplio sector de la empresa privada-, lo que confiere a La Rioja un potencial turístico impensable diez años atrás.
«Quiero fer una prosa en román paladino...», escribió Gonzalo de Berceo en el siglo XIII, anticipando la relevancia de una tierra que ha permanecido enmascarada por las regiones vecinas. Pero otro poeta, Antonio Machado, sentenció: «Caminante no hay camino, se hace camino al andar».
Caminar y mirarse al ombligo son dos ejercicios tan opuestos como tocar las campanas y salir en la procesión.












