
Enfermera de profesión, los inicios de Esperanza como delegada sindical en el Hospital San Millán estuvieron marcados por una lucha constante encaminada a dotar a su colectivo de la dignidad que entonces se le negaba. «En la residencia, en aquellos años, no dejábamos de ser un personal de servicio; las chicas que íbamos siempre detrás del señor médico e incluso teníamos que abrocharle la bata», explica.
Por eso, los logros que guarda en la primera línea de la memoria están directamente relacionados con detalles que quizás ahora suenan anecdóticos pero entonces resultaron históricos. «Yo fui, junto a otras compañeras, las que conseguimos que nos quitaran la cofia del uniforme», dice con satisfacción. Otra de las conquistas que llevan su impronta es el pago de la guardería para los hijos del personal sanitario después de recoger cientos y cientos de firmas. Lo recuerda especialmente bien porque, además de sindicalista, es mujer y madre. Dos conceptos que muchas veces no casan bien en el ámbito laboral y ante los cuales Esperanza ha luchado durante toda su vida. «Ser mujer me ha obligado a pelear doblemente, a exprimir las horas para compatibilizar todas tus responsabilidades», reconoce.
Momentos duros
Lo que ahora se ve con naturalidad, a finales de los 70 tenía una perspectiva diferente para los que estaban al margen de la lucha obrera. «Sí, al principio lo pasé mal», afirma. «Las horas que reservaba para mi tarea en UGT debían ser cubiertas por otras compañeras y eso no siempre se entendía bien».
Sin embargo, los momentos más duros de su vida sindical se entrelazan con su vida personal y tienen de protagonista a su marido, también afiliado a UGT durante la dictadura franquista. En aquellos años, cuando las asambleas se concertaban entrada la noche en casas particulares o bajeras anónimas, Esperanza era un manojo de nervios. «Lo veías salir y no sabías cuándo y en qué condiciones iba a volver», explica. «Cuántas noches me habré pasado asomada en la ventana esperando que llegara por el otro lado de la calle».
Como esos cientos de personas que componen la masa social de UGT-Rioja, Esperanza se mantiene ahora en una segunda línea de batalla. El testigo lo han tomado sus hijas, también vinculadas al sindicato, pero su compromiso sigue intacto: «Seguiré afiliada hasta que me muera».





