
Pero sus familiares no querían que descansaran allí para siempre, sino con los suyos. La lucha por recuperar su dignidad se remonta muchos años atrás, como recuerda Emilio Elizondo, nieto de uno de los fallecidos. «Hasta que empezamos a saber, sufrimos un silencio impuesto. Pero el empeño personal de algunos nos hizo empezar a trabajar», narra Elizondo. A través, sobre todo, de testimonios orales y también de documentos escritos y archivos, los familiares de los asesinados pudieron localizar el punto exacto de la fosa común.
Hace dos meses, los riojanos contactaron con la Asociación para la Memoria Histórica. Acostumbrados a moverse por media España, el arqueólogo vasco Javier Ortiz y su equipo, que en los últimos cinco años han recuperado más de 300 cuerpos en 51 fosas, empezaron a corroborar datos. El sábado pasado, iniciaron la prospección y la exhumación, que se prolongarán hasta el fin de semana. «Fueron enterrados unos encima de otros, en una inhumación no cristiana. Por el momento, tenemos cuatro cuerpos, todos hombres y un posible quinto. Seguiremos excavando», subraya Ortiz.
Los familiares rememoran qué sucedió después de los fusilamientos. «Según nos acaba de relatar uno de los testigos de Casalarreina que aún vive, uno de los asesinados sobrevivió incluso un día después de los disparos», cuenta Emilio Elizondo. Una vez muertos, el propietario de una camioneta fue obligado por los asesinos a recoger los cadáveres y a trasladarlos hasta el cementerio de Fuenmayor. En una de las esquinas, se abrió la tierra para introducirlos. Hasta hoy.












