Me dirijo hacia República Argentina y el caos aparece frente a mi parabrisas. En zig-zag, avanzo a paso de tortuga. Pitidos, juramentos, amenazas... No hace falta saber leer en los labios para comprobar por el retrovisor la dedicatoria que me hace el de detrás cuando entre dos turismos en doble fila adivino un hueco frente a la ¿librería! Me lanzo sin intermitente y el sitio es mío, pero necesito maniobrar. Pasa el de atrás -y con él el buen nombre de mi familia- y creo que veinte coches más. Nadie me cede el metro que necesito. Empiezo a jurar, a sacar la mano por la ventanilla, pero no para pedir paso, sino para enseñar el índice. Me he convertido en uno de ellos, en otro Míster Hyde. Aparco, compro y me voy. Paso Pérez Galdós, entre zanjas, subo por Chile y llego de nuevo a la Gran Vía para acabar en avenida Portugal, de doble sentido parcial, con peatones que se lanzan a la calzada porque no hay pasos de cebra. Cometí un error. Fui al centro en coche y desde entonces no dejo de pensar en lo que pasará cuando se peatonalice Bretón de los Herreros. Otras ciudades, como Bilbao, han eliminado el tráfico en el centro. Tienen tranvía, metro, autobuses Nosotros no tenemos nada. Sólo una ciudad diseñada para el atasco y que cada nueva Corporación complica aún más. Pero he aprendido: la próxima vez que tenga que ir a una librería buscaré primero en el centro comercial.











