Los primeros síntomas de desubicación a los que el neurólogo no da mayor importancia le sobrevinieron en pleno verano. En su visita matutina de aprovisionamiento a la tiendita del barrio se topó en un rincón, junto al anaquel de los bronceadores, con un lote de turrones de saldo. Se hizo el despistado durante unos minutos leyendo los valores nutricionales de un pack de yogures, miró de reojo el montoncito de la oferta y cuando certificó que nadie le observaba se atrevió a toquitear una de las tabletas del expositor. Efectivamente, era turrón. Y del blando.
No preguntó por no parecer un viejo senil, pero se quedó con la mosca de la oreja. ¿Eran los excedentes del invierno pasado o un adelanto comercial de las próximas navidades?
Decidió pasar el episodio por alto. Y no hubiera pedido cita con el especialista si no fuera porque las últimas semanas ha vuelto a experimentar la misma angustiosa desorientación. Esta vez le asaltó en el salón de casa. Mientras escuchaba el parte por la radio, una cuña publicitaria le informaba de que la prosperida
Al rato, en la tele, ante las banderolas electorales de siempre y frente a un cartelón que le proclamaba 'Presidente', el mismísimo Rajoy volcaba una batería de promesas como las que había escuchado a principios de año. O eso creía él. ¿Eran aquellos los estertores de la última campaña o los balbuceos de la que llega?
El yayo concluyó que algo en su organismo no rulaba. Abrió el turrón y se comió un trozo. A ver si era un bajón de azúcar lo que le estaba haciendo perder la noción del tiempo.











