
K. conocía desde muy pequeña a quién después se convertiría en su novio, en su marido y en su maltratador. Eran primos lejanos. Él le llevaba unos cuantos años,y ella, una adolescente, se empezó a dejar querer por un hombre al que veía «guapo, bueno y cariñoso». Al poco de iniciarse el noviazgo el hombre se vino a trabajar a España, por lo que la relación y el amor de K. creció a distancia, haciéndose quizá por ello una idea equivocada de la personalidad de su novio. A pesar de que K. estaba estudiando en la universidad, aceptó sin dudar la propuesta de su novio de casarse, dejarlo todo y venir con él a España.
Fue un viaje al infierno. En Logroño, K. comprobó aterrada el abismo que separaban el hombre que ella tenía en su cabeza y el real, el que pronto comenzó a despreciarla, a dejarla sola en casa mientras él pasaba las madrugadas de fiesta, el que llegaba bebido por la mañana y le abofeteaba por cualquier motivo. «Se acabaron el cariño y las buenas palabras. Y yo estaba metida en un piso aislada del mundo, sin conocer a nadie, sin saber el idioma y a muchos kilómetros de mi familia. A veces tenía la tentación de contárselo todo a mi madre, y la llamaba, pero al final sólo le decía que todo iba bien ¿Qué iba a hacer ella estando tan lejos?».
K. se quedó embarazada, pero eso no arregló nada ni dulcificó la personalidad de su marido, que aún comenzó a tratarla con peores modales, a dejarle más tiempo sola, a beber más y a agredirla con mayor frecuencia. «Me golpeaba, me tiraba de los pelos... Lo hacía con total naturalidad. Nunca parecía arrepentirse. Y yo me decía: «Tengo que aguantar. Seguro que cuando nazca el niño cambiará».
No cambió. Llegó un momento -dice K.- en el que el estado de tensión provocado por el maltrato de su marido era tal que ya no comía, no conseguía conciliar el sueño, y cuando lo conseguía se despertaba sobresaltada por alguna pesadilla que tenía como protagonista a su marido.
Como cada vez bajaba más de peso tuvo que acudir al médico, quien, además de diagnosticarle anemia, no pasó por alto las magulladuras que presentaba su cuerpo. Le animó a denunciar y K. fue valiente y lo hizo. Ahora el agresor está condenado y ella ha ingresado en una casa de acogida para mujeres maltratas. «Me gustaría volver a la universidad y empezar una nueva vida junto a mi hijo. Espero que el 2008 sea mi año».












