Nunca he entendido, ni compartido, la autocomplacencia en la que parece que nos rebozamos a diario en esta tierra. Tan alejado me veo de semejante actitud que han llegado a asaltarme dudas sobre mi Rh cuatricolor. Me han asaltado, pero no han logrado robarme la cartera: mi árbol genealógico no es un árbol, es una cepa arrugada como una anciana y con raíces profundamente ancladas a las riberas del Tuerto por Alesanco y del Najerilla por Tricio. Incluso pasé con nota el examen de riojanidad que en estas páginas planteó meses atrás Fernando Sáenz Aldana. Ahí es nada. Con semejante genoma, de ser patxi me habrían bailado el aurresku o de haber nacido jordi sería ya honorable o mosén, por lo menos.
Disipada toda duda de identidad sigo sin hallar motivo para tanta autosatisfacción a la par que ausencia de espíritu de autocrítica. Argumentos conocemos todos para refutar y desmontar los lugares comunes arriba citados. Pero lejos de hacerlo, la mayoría prefiere seguir convencida de lo que siempre se ha dicho, de lo que siempre escucha, aunque ande más que jodida para pagar la hipoteca, nadie eche a los hijos de casa ni con agua hirviendo, no pueda encontrarse una guardería pública ni por sorteo o las patatas y las verduras sean, ¿aquí!, más caras que en Washington.
Lo peor es que tanto regodeo sirve hasta de argumentario al mismísimo presidente de la FER, Julián Doménech, para justificar las injustificables diferencias salariales de los currelas riojanos y los de las regiones vecinas. Científicas conclusiones. Si aquí se vive como Dios, a cuento de qué queremos más soldada.











