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RSS | ed. impresa | Regístrate | 6 julio 2009

Cultura

CULTURA
Torbellino pianístico
22.11.07 -

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Me habían contado maravillas de este joven pianista armenio y el boca a boca había funcionado perfectamente por Logroño, porque el Auditorio lucía una entrada de gala para este último concierto del ciclo dedicado al virtuosismo en el piano. La verdad es que no sólo no salí defraudado, sino que lamento no haber podido asistir a los dos primeros para haber disfrutado más largamente de este brillante y espectacular pianista.

La primera obra del programa, la
Suite Holberg
de Edvar Grieg, tuvo una lectura algo irregular y fría: le costó entrar en calor y, de hecho, la versión fue claramente de menos a más en precisión, en claridad y en expresión. Nos sorprendió a continuación anunciando en correcto castellano un cambio en el programa, lo que nos permitió disfrutar de dos de las más valiosas joyas pianísticas de Enrique Granados, la hermosísima
La Maja y el Ruiseñor
, muy bellamente tocada, aunque se echara en falta un pelín más de deleite y de refinamiento en los fraseos de la mano derecha, y una portentosa versión de
El Pelele
intensa y espectacular, que elevó la temperatura de la sala.

Pero faltaba por venir lo mejor, que sin duda fueron los Rachmaninov de la segunda parte, donde verdaderamente pudimos apreciar la categoría de Kradjian no sólo como pianista virtuoso sino como artista completo, que no se queda en los fuegos artificiales del virtuosismo, sino que es capaz de mostrar la belleza de las partes más líricas y profundas. Así, junto al fuego y poderío que imprimió en los Preludios más virtuosísticos donde parecía tocar con veinte dedos, me sorprendió el preciosismo con que nos deleitó en el delicado Preludio Op.23 nº 4 y muy especialmente en el Op.32 nº 10 leído con gran dulzura y emoción.

No recuerdo bien qué pianista dijo una vez algo así como que «después de tocar Liszt, no le queda a otro pianista sino cerrar la tapa» (frase ocurrente donde las haya), pero tenía que haber oído a Serouj Kradjian frente a la temible Sonata nº 2 de Rachmaninov con que cerró triunfalmente el concierto, para comprobar que siempre es posible asombrar a los públicos llevando al límite las posibilidades expresivas del piano, explorando en las texturas más densas, buscando sonoridades deslumbrantes, dejando jirones del corazón en cada nota y en cada frase... ¿Una maravilla! Por cierto, y ya que estaba nuestro alcalde presente en el Auditorio, ¿no se puede hacer algo en el telón de fondo del escenario que señalice la salida a camerinos, para no tener que sufrir viendo a todos los artistas buscando afanosamente la abertura en los cortinones para poder salir del escenario?
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