
Según explica, los principales compradores chinos de Rioja son particulares de clase alta, empresas particulares y algún que otro hotel de grandes ciudades como Beijing, Guangzhou o Shanghai. «Se consumen casi exclusivamente reservas y grandes reservas», detalla. «Vinos -agrega- siempre de máxima calidad cuyo precio ronda en torno a los 60 euros». Y es que, aunque la producción de vino chino es enorme y las viñas ocupan miles de hectáreas, los caldos autóctonos están a años luz de los europeos.
En este contexto, el reto consiste en profundizar en una línea ya marcada por la moda y por otros valores que en el mercado chino se aprecian sobremanera como es la salud. «No sólo se tienden a copiar los modelos y tendencias extranjeras, sino que también se da gran importancia a otros rasgos tradicionales», afirma Tao. «Por eso, el consumidor chino aprecia mucho los valores saludables del Rioja», revela. El escenario se completa con un crecimiento económico que (por ahora) no tiene límite y la fortaleza de un segmento de población con recursos que busca fuera lo que durante años no ha tenido acceso en su país.
Labor de enseñanza
Abonado el terreno, otra de las claves consiste en «enseñar» al consumidor chino cuáles son las características que hacen al Rioja diferente a otros vinos. «No es extraño ver que la gente mezcle un reserva con refrescos, o que ponga hielos en la copa, o que combine el vino con zumos», describe. «Es, simplemente, porque desconocen aún toda esta cultura. Igual que a nosotros aquí nos resulta llamativo que se eche azúcar al té o se tome con leche».
Aquí es donde el 'Palacio del Vino' de Qingdao y otras iniciativas de divulgación ayudarán a marcar el futuro inmediato.





