La derrota es justa. Porque el equipo blanquirrojo ayer no ofreció nada. No hizo un buen partido. Estuvo espeso, inconexo y cuantos adjetivos de este tipo se le quieran colocar. Lejos de ese equipo que combinaba sin parar en Las Gaunas. Velocidad, lo llaman. Inteligencia, movimiento. Fútbol, en definitiva. El Logroñés no pareció el Logroñés de casa.
La primera mitad pasó sin pena ni gloria, con tan sólo una tímida ocasión de Jokin en el inicio y una de Tomi, que salvó Josu in extremis. El resto, un partido anodino. Lo que benefició al Lemona, que jamás escondió sus intenciones. Encerrarse, aguantar, perder el máximo tiempo posible y, de tener una ocasión, marcarla. Fútbol práctico. Fútbol del norte.
El Logroñés, mientras, no encontraba el camino. La situación de Candelas en el mediocentro nos hizo rememorar aquel mal sueño del principio de la temporada. Ahora, puede tornar en pesadilla. Lo intenta, pero contiene excesos de fútbol que le obligan a perder demasiados balones. Su encaje en la posición es omo poner a trabajar a un escultor en una fábrica de tornillos.
Omar, animado
En esta primera parte del partido, que de existir una grabación sería completamente prescindible, estaba animándose Omar. El riojano parece luchar por reencontrarse con su mejor versión. Pero Quique Setién le hizo pagar no se sabe qué pecado sustituyéndole en el 62. Omar, enfadado, se fue directo a la ducha, sin mediar palabra ni mirada con nadie.
La segunda mitad fue un tanto diferente. Tal vez el Logroñés recordó que jugaba en casa, con la obligación de ataque que supone. Salió con otra intensidad. Pero algo no encajaba. Ése no era el equipo de casi siempre en Las Gaunas. ¿Qué faltaba para derribar el muro? Quizá la dinamita al servicio de los derribos. Explosivos. Un artilugio capaz de desactivar el mejor de los sistemas de seguridad. Y uno recuerda al lesionado Iván Díaz...
De pronto, volvió el aroma heroico del Logroñés, capaz de ganar un partido en una acción determinante. Fue cuando Galiano peinó un córner que José remató en el segundo palo, listo como él solo. Pero, no. Tan sólo fue un leve impacto contra el cemento, apenas le hizo temblar. Porque en la siguiente jugada relevante del partido, dos minutos después el muro estaba intacto. Olondo botó una falta desde el costado derecho, que tras unos toques cayó a Jokin. Éste, rodeado de unos cuantos blanquirrojos que le respetaron en exceso, marcó. Empate en el marcador.
Tan sólo quedaba ya la esperanza de un nuevo impulso nervioso de los riojanos. Uno de ésos que lo convierten en un huracán capaz de acabar con cualquier obstáculo. Pero no era el día. No era ese Logroñés. Y el Lemona volvió a marcar. Un centro desde la derecha fue rematado, de manera poco ortodoxa, por Alain. ¿Pum! El Logroñés estrellado. Contra el muro. Contra el cemento. Contra su propia incapacidad de generar peligro. Y algo peor: el equipo es decimoctavo, con catorce puntos. Zona de descenso. Señales de alarma. Setién tiene problemas.









