Las más de las figuras periodísticas de este tiempo rosa y amarillo se han encontrado en noviembre con una inesperada extra prenavideña gracias al asunto del «cese temporal de la convivencia» de los Duques de Lugo anunciada el martes por la Casa Real. Debates, tertulias y especiales imprevistos en todas las cadenas requerirán durante semanas de esa amplia nómina de opinadores y analistas dispuestos a poner luz en las profundas sombras del conocimiento de la ciudadanía. Los mismos que estrenaban la semana dándole pábulo a los amores de una modelo que fue mutaban ipso facto sus frívolos comentarios para ahondar en los problemas matrimoniales de la Infanta Elena y Jaime de Marichalar. Problemas que, por supuesto, conocían de antiguo y al dedillo -¿quién no tiene una fuente fiable en el entorno de la Familia Real?- pero que hasta el martes prefirieron callar a sus televidentes/oyentes/lectores. Por ahorrarles el disgusto, supongo.
Tanto y tan profundo conocimiento de las íntimas desavenencias conyugales de la pareja termina de explicarme el éxito de los programas de casquería, casquería fina, que mandan en las parrillas televisivas. Y me hace comprender, por fin, que los periodistas del chofle sean ahora los referentes para las futuras generaciones de profesionales del ramo como para otras anteriores lo fueron De la Quadra Salcedo o, más recientemente, Pérez Reverte.
Me hastían los programas del menudeo, disfrácense de sesudo debate o de profunda investigación. Y me empalaga la panoplia de personajes que los adorna con sus comentarios hueros. Pero sobre todo me preocupa que siquiera una naciente vocación periodística pretenda encontrarle el sentido en semejante estercolero.
Soñar con De la Quadra o Pérez Reverte era sólo una ilusión juvenil. Aspirar a destripar las vidas ajenas no es más que una perversión. Aunque sea con récords de audiencia.
*Consulte a su carnicero