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RSS | ed. impresa | Regístrate | 11 octubre 2008

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La ley y la trampa
Un juez relata las situaciones cómicas a las que llegan algunos trabajadores para conseguir la incapacidad
07.11.07 -

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Un magistrado que trabaja en los juzgados de Logroño, que prefiere permanecer en el anonimato, ha accedido a relatar algunos episodios cómicos vividos a lo largo de su dilatada carreta en el ámbito de lo Social, el área judicial al que tienen que acudir los trabajadores que aspiran a conseguir una declaración de incapacidad laboral, ya sea total o parcial, temporal o permanente. La picaresca, según cuenta, está a la orden del día, pero el juez -unas veces por casualidad y otras por su sagacidad en el interrogatorio- logra descubrir muchos intentos de fraude.

El magistrado cuenta, sin poder evitar la carcajada, cómo hace unos años se encontró en los aparcamientos de los juzgados a un hombre que se esforzaba en vano por sacar una silla de ruedas del maletero de su coche. Parecía haberse encajado de tal modo que decidió echarle una mano a este ciudadano en apuros. Al final el artefacto salió y el hombre, tras dar las gracias, se alejó empujando la silla de ruedas. El magistrado llegó a la sala de vistas, se puso su toga y llamó a declarar al protagonista del primer caso que le tocaba juzgar. Se trataba de una petición de incapacidad total permanente por parte de un trabajador que afirmaba estar impedido para andar. Las puertas de la sala se abrieron y entró, sentado en su silla ruedas, el mismo hombre a quien hacía unos minutos había ayudado en el parking. Ambos se miraron con un gesto de incredulidad y en ese mismo momento acabó el juicio.

En otras ocasiones, el juez sospecha que en un determinado caso hay gato encerrado, y entonces pone en práctica durante el interrogatorio una serie de trucos que a veces dan resultado. Algo así sucedió -relata el magistrado- cierto día en el que un hombre llegó a juicio porque afirmaba no poder desarrollar más su trabajo debido a una pérdida progresiva de movilidad en su brazo derecho. El magistrado le preguntó que hasta dónde era capaz de elevar el brazo. Entonces, con aparatoso gesto de esfuerzo y dolor, lo fue subiendo poco a poco hasta la altura del pecho. ¿Y hasta dónde era capaz de elevarlo hace un año?, prosiguió el juez. «Hasta aquí», contestó rápidamente el trabajador subiendo su extremidad supuestamente malherida hasta más arriba de la cabeza. Visto para sentencia.

La capacidad de observación también le ha ayudado a este magistrado a resolver algunos casos aparentemente enrevesados. Por ejemplo, el de un hombre que entró a la sala de vistas cojeando ostensiblemente del pie derecho, contó con todo lujo de detalles sus problemas motrices y abandonó el lugar cojeando del pie izquierdo.
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