Cuando yo estudiaba en Barcelona, en aquellos añorados tiempos de la Transición, solíamos juntarnos las gentes del norte para cumplir con la sagrada ceremonia del chiquiteo. Riojanos, navarros y vascos abrimos entonces nuestro círculo a compañeros de otras comunidades a fin de compartir los beneficios -más para el espíritu que para el cuerpo, la verdad- de ese deporte regional que con tanta pericia practicamos. Recuerdo que, cuando ya íbamos un tanto entonados, siempre desembocábamos en un bar
euskaldún
-cuyo nombre lleva años extraviado en mi memoria- que se hallaba en la calle Ancha (
carrer Ample
en catalán), la zona de poteo más popular de aquella preolímpica Ciudad Condal. Tras la barra del garito, descollaba un descomunal 'Mapa de
Euskal Herria
' que, en un afán imperialista digno de Soliman I o de Napoleón Bonaparte, abarcaba desde el oriente asturiano hasta el occidente catalán sin olvidar, por el sur, las tierras de La Rioja. ¿Qué les voy a decir! Nos hacía gracia tal desvarío. Cada sábado por la noche declamábamos con voz aguardentosa, entre carcajada y trago de zurracapote, algunos de los topónimos más rimbombantes y divertidos:
Logroñoaldeak, Recajoak, Ezkarai, Nafarruri
(Casalarreina),
Naiara
.
Treinta años después, la estulticia sigue creciendo e, incluso, parece no conocer límites. Además, ya no tengo el hígado -ni el cerebro- como para castigarlo con tanta sustancia alucinógena. Y es que la ponencia política de ANV (Acción Nacionalista Vasca), que apuesta por la «revasquización de las zonas geográficas desgajadas de Euskadi» y la posibilidad de que «sus habitantes tengan el derecho de volver a unirse, en el futuro, al conjunto de la nación vasca», se ha adelantado al Día de los Inocentes.
La Rioja, Castro Urdiales o Miranda de Ebro son el objeto de deseo de estos nazis
abertzales
que trocan la esvástica por el
lauburu
y la música de Wagner por la
trikititxa
.