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RSS | ed. impresa | Regístrate | 11 octubre 2008

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CHUCHERÍAS Y QUINCALLA
Gracias, Hamilton
28.10.07 -

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Antes de llevarme al paredón y decretar mi fusilamiento al amanecer por el titular elegido para esta columna, siga leyendo.

Fernando Alonso (y el obsesivo seguimiento televisivo de su carrera) ha tenido la virtud de inocular el virus de la Fórmula 1 hasta entre los más escépticos. Usted puede ser incapaz de cambiar una rueda o comprobar el nivel de aceite de su utilitario, pero apuesto a que sabe qué es una telemetría, le preocupa el
blistering
de los neumáticos y cada vez que aparca en su garaje fantasea con que entra en un lujoso
pit lane
.

Con los primeros triunfos del piloto, el 'alonsismo' adquirió rango de religión. El asturiano ha ido elevándose al olimpo de los dioses como el guaje que jugaba con karts y, unos años después, acaba derramando el champán por encima de campeones internacionales. El vertiginoso ascenso del piloto ha hecho que su rostro reine en todas la portadas, que las compañías pujen por asociar su nombre con el de relojes digitales, consolas, barritas con muesli, cervezas sin alcohol. Alonso por aquí, Alonso por allí.

Pero la sobresaturación de su presencia, combinado con el cambio de escudería y los ceros en su cuenta corriente, parecían haberle agriado el carácter. Toda la simpatía que generaba el chico bueno que corre mucho empezaba a agrietarse... hasta que apareció Hamilton.

Su compañero (sic) en McLaren ha confirmado que nada une más que un enemigo común. El británico ha conseguido con la inestimable ayuda de ese maléfico demiurgo llamado Ron Dennis concitar el odio de millones de aficionados. Alonso no gana; Alonso está borde. Cómo no. La culpa es de esos cabrones que miman al novato y machacan al nuestro. El 'efecto Hamilton' ha provocado un colofón épico: que genere más satisfacción la derrota del odiado que la victoria del idolatrado. Sin querer, el lucimiento de la figura de Alonso ha tenido en Hamilton al mejor bruñidor.

Enhorabuena, Kimi. esaenz@diariolarioja.com
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