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RSS | ed. impresa | Regístrate | 8 octubre 2008

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«Seguimos siendo necesarios»
Un escolta privado que trabaja para un político de La Rioja Alavesa y reside en un municipio riojano relata los detalles de su labor tras el reciente atentado contra un compañero suyo en Bilbao

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«Seguimos siendo necesarios»
Escoltas privados, en un garaje del País Vasco. / B.C.
«Al que menos temo es al chaval con pinta de
borroka
que está al otro lado de la calle y te grita 'hijos de puta os vamos a matar'; ése igual te roba la cartera, pero le falta valor para pegar un tiro». Abel es un escolta privado con un amplísimo bagaje en labores de seguridad en el País Vasco que concede reflexiones como ésta y entreabre con naturalidad las puertas de su día a día a cambio de bien poco: no revelar su auténtico nombre, explicar sólo que protege a un cargo electo en La Rioja Alavesa y apuntar que ahora vive en una localidad riojana. «Parte de mi trabajo consiste, precisamente, en que no se sepa quien soy», se justifica.

Como Gabriel Giner, el profesional zaragozano herido el pasado 9 de octubre en Bilbao al estallar la bomba que ETA puso en los bajos de su coche particular, Abel pertenece a ese colectivo de los «otros escoltas». Aquellos integrados en empresas particulares y que, a pesar de correr riesgos similares y someterse a las mismas obligaciones de los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, tienen una consideración (salarial y laboral) muy diferente. No son pocos de ellos los que, como Abel, tienen el trabajo en el País Vasco pero fijan su residencia habitual en provincias limítrofes como La Rioja porque «es una forma de respiro y lo más apropiado para pasar desapercibido en el entorno».

Abel escapa del estereotipo del especialista obsesionado por cada detalle, tenso ante cualquier movimiento extraño en el lugar fijado para la cita. Al menos, en apariencia. «Son ya cantidad años de experiencia, muchas idas y venidas e innumerables situaciones vividas», relata al tiempo que confiesa tener suerte en su actual destino. «Hay días mejores y peores, pero el grado de hostilidad que existe aquí no tiene nada que ver con un Hernani, un Mondragón, un Durango». Lo dice con conocimiento de causa. En todos estos años de profesión ha pasado por ciudades grandes donde el escoltado aparece a diario en el centro de la diana de algún pasquín y pueblos minúsculos en los que la presión social es «aplastante»; épocas de cierta relajación y periodos marcados por un miedo atroz.

El punto de inflexión en la vida de Abel y el resto de sus compañeros fue el asesinato de Miguel Ángel Blanco en julio de 1997. «El departamento de seguridad del PP decidió entonces proteger a todos sus cargos electos con seguridad privada; fueron unos años de locura, terroríficos», rememora. «El jueves estabas en un pueblo de Álava y el lunes te mandaban de improviso a un ayuntamiento del Goiherri. La rotación era constante, los atentados podían ocurrir en cualquier momento en cualquier parte».

A finales del 98 la situación se sosegó hasta que la muerte de José María Lidón en noviembre del 2001 reactivó las alarmas y la protección se extendió también a jueces y magistrados. «Las circunstancias políticas varían, pero a nosotros no nos afecta. Que haya tregua significa que quizás no hay muertos, pero la presión y la violencia social nunca disminuyen». Aunque la coyuntura actual no es comparable a la de finales de los 90, Abel reconoce que el listón se ha elevado considerablemente. «Desgraciadamente, seguimos siendo necesarios», concluye.

«Esa gente»

La monotonía es incompatible con Abel. Sus días tienen un punto fijo de inicio y una hora indeterminada de cierre. Todo depende de la agenda del protegido, sus necesidades y, sobre todo, el grado de protección que requiera. «Cada escoltado es un mundo con su propia familia, su entorno, sus costumbres. Unos se dejan aconsejar y otros imponen su criterio o van a su aire, lo cual hace mucho más difícil nuestra labor». El tiempo que pasa a su lado se «pacta» en cada ocasión. «A veces desea estar solo; otras no cree necesario que le acompañe a algún lugar. En esos casos mi función es estar lo más atento posible preservando su voluntad y pendiente del móvil para acudir al instante», indica.

El mayor inconveniente para desarrollar su labor se llama rutina. «Esa gente -Abel describe así a cada rato, casi inconscientemente, a los terroristas- no se levanta un día y decide pegar un tiro en la nuca a un concejal cualquiera. No son tontos y saben que estás ahí». Aunque «todo es posible», las probabilidades de un atentado con coche bomba son mayores y eso requiere un seguimiento previo de la víctima, calcular sus pasos. «Por eso es básico variar los recorridos, no parar siempre en el mismo restaurante, no dar a esa gente ninguna facilidad», sigue diciendo.

¿Escolta y protegido mantienen una relación más allá de la estrictamente laboral? «Pasamos mucho tiempo juntos y sí, surgen conversaciones aunque no entramos en detalles ni asuntos comprometidos», explica alguien que además de profesional de la seguridad es un ciudadano con ideología y opiniones propias. «Claro que se te revuelve el estómago cuando escuchas las palabras de Barrena u Otegi, como a cualquiera». «Sin embargo, en mi trabajo trato de abstraerme; es básico tener una alta dosis de sangre fría», confirma. La misma serenidad que procura mantener al final de la jornada, cuando llega a su propia casa y cuelga en el perchero todas las tensiones. Y recuerda: «Mi trabajo es que a mi protegido no le pase nada; y a mí, tampoco».
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