LETRA PEQUEÑA
Parirás con dolor
19.10.07 -
Empiezo por reconocer que esto que hoy escribo lo hago desde la indignación, y conste que ya son pocas las cosas que consiguen sacarme de mis casillas aunque sólo sea por cuidar de mi salud mental.
Estoy de acuerdo con la llamada de atención que ha hecho el Ministerio de Sanidad sobre la proliferación de cesáreas innecesarias, aunque me gustaría que no se ciñera sólo a esa práctica sino que fuera también beligerante sobre el abuso de medicamentos y el exceso de pruebas clínicas, cuya culpa reparto a partes iguales entre los pacientes que las exigen, ciertos abogados desaprensivos que les proponen ir al 50% de lo que obtengan por denuncias, y los médicos y la dirección del hospital que se acoquinan ante la posibilidad de que los lleven a un juzgado.
Pero lo que me tiene indignada es que, al socaire de esa campaña, una asociación emprende otra «por el parto natural y en casa». «Hay que parir -dicen- como nuestras abuelas: con un caldero de agua hirviendo y unas toallas, basta». «No a la epidural -nos adoctrinan-; a los hijos se les quiere más cuanto más se sufre al tenerlos». Posiblemente las pseudo-románticas cabezas creadoras de estas cretineces no recuerdan la cantidad de niños que morían en el parto y la cantidad de mujeres que se iban tras una hemorragia o unas fiebres puerperales, por no hablar de las secuelas de prolapsos e incontinencia de orina que les quedaban para toda la vida por desgarros no cosidos. Y ahora que, gracias a la epidural, las mujeres habían aliviado en parte el castigo bíblico de parir con dolor, quieren que vuelvan a los alaridos. Y lo presentan como algo maravilloso.
Acepto que una mujer lo lleve a cabo como una opción personal, pero me subleva que, con romanticismos trasnochados, coman el coco a muchas ingenuas que se dejan convencer por cualquier cosa que parezca nueva. Espero que, por la misma teoría de marcha atrás, los promotores de la idea recuperarán el uso de lavativas, cataplasmas y sanguijuelas, se pondrán un pañuelo atado y un buche de anís cuando se les pudra una muela, declararán personas non gratas a Pasteur y a Fleming, y volverán al fogón de leña y a hacer sus necesidades en el corral. Les regalo este eslogan: 'Pudiendo vivir mal, ¿para qué vivir bien?' Pero, claro, juegan a dos barajas: saben que, en el caso de que en el parto casero se produzca un problema, tendrán un hospital perfectamente equipado al que poder acudir. Lo malo será si llegan tarde.
Estoy de acuerdo con la llamada de atención que ha hecho el Ministerio de Sanidad sobre la proliferación de cesáreas innecesarias, aunque me gustaría que no se ciñera sólo a esa práctica sino que fuera también beligerante sobre el abuso de medicamentos y el exceso de pruebas clínicas, cuya culpa reparto a partes iguales entre los pacientes que las exigen, ciertos abogados desaprensivos que les proponen ir al 50% de lo que obtengan por denuncias, y los médicos y la dirección del hospital que se acoquinan ante la posibilidad de que los lleven a un juzgado.
Pero lo que me tiene indignada es que, al socaire de esa campaña, una asociación emprende otra «por el parto natural y en casa». «Hay que parir -dicen- como nuestras abuelas: con un caldero de agua hirviendo y unas toallas, basta». «No a la epidural -nos adoctrinan-; a los hijos se les quiere más cuanto más se sufre al tenerlos». Posiblemente las pseudo-románticas cabezas creadoras de estas cretineces no recuerdan la cantidad de niños que morían en el parto y la cantidad de mujeres que se iban tras una hemorragia o unas fiebres puerperales, por no hablar de las secuelas de prolapsos e incontinencia de orina que les quedaban para toda la vida por desgarros no cosidos. Y ahora que, gracias a la epidural, las mujeres habían aliviado en parte el castigo bíblico de parir con dolor, quieren que vuelvan a los alaridos. Y lo presentan como algo maravilloso.
Acepto que una mujer lo lleve a cabo como una opción personal, pero me subleva que, con romanticismos trasnochados, coman el coco a muchas ingenuas que se dejan convencer por cualquier cosa que parezca nueva. Espero que, por la misma teoría de marcha atrás, los promotores de la idea recuperarán el uso de lavativas, cataplasmas y sanguijuelas, se pondrán un pañuelo atado y un buche de anís cuando se les pudra una muela, declararán personas non gratas a Pasteur y a Fleming, y volverán al fogón de leña y a hacer sus necesidades en el corral. Les regalo este eslogan: 'Pudiendo vivir mal, ¿para qué vivir bien?' Pero, claro, juegan a dos barajas: saben que, en el caso de que en el parto casero se produzca un problema, tendrán un hospital perfectamente equipado al que poder acudir. Lo malo será si llegan tarde.






