LOCO POR INCORDIAR
Vivassss Paña
15.10.07 -
ESCRIBO estas líneas envuelto en la bandera nacional, coño, con una foto del Rey en mi escritorio, oyendo un casete con marchas militares y rezando por la salud de la cabra de la legión, a la que vi en el desfile bastante cojita y un poco mayor. A mí estas cosas simbólicas siempre me han dejado frío, pero escuché a Rajoy en su mensaje prenavideño y temí que la gente dudara de mi españolidad si no me rebozaba en la bandera rojigualda y adoptaba un aire marcial/monárquico en el Día de la Nación Española.
Pero, qué quieren que les diga, no me acabo de ver. Siempre me han dado mucha risa los amantes de los símbolos presuntamente patrióticos, que caminan por la vida como orlados por un halo divino. Véase el caso de los americanos o de los nacionalistas vascos, que se pasean muy tiesos y orgullosos por haber nacido en Wisconsin o en Ordizia, como si eso fuera un mérito tremendo, un excelso timbre de nobleza y no un mero capricho de la biología. Yo, en cambio, sé que si hubiera nacido en Kabul ahora sería musulmán, pobre y afgano; y si hubiera nacido en Addis Abbeba ahora sería etíope a mucha honra y, una de dos, o me habría muerto de hambre o habría ganado los tres mil obstáculos en las olimpiadas.
El caso es que, por mero azar, nací en Logroño y tengo mis raíces en Fuenmayor, Santa Coloma, Sotés y Quel. Con semejante pedigrí, si esto fuera el País Vasco ya me habría caído por lo menos una dirección general. Pero esto es La Rioja, o sea, España. Y, para sentirme riojano y español, no necesito envolverme en la bandera ni abuchear a Zapatero en el desfile del Pilar (¿acaso el presidente del Gobierno no es también un símbolo nacional que merece respeto?). Por eso pido a todos mis compatriotas que, en esta semana tan señalada, salgamos a la ventana, inflemos nuestros pulmones y lancemos con ardor guerrero el embriagador grito que nos enseñó aquel añorado ministro:
¿Viva Honduras!
Pero, qué quieren que les diga, no me acabo de ver. Siempre me han dado mucha risa los amantes de los símbolos presuntamente patrióticos, que caminan por la vida como orlados por un halo divino. Véase el caso de los americanos o de los nacionalistas vascos, que se pasean muy tiesos y orgullosos por haber nacido en Wisconsin o en Ordizia, como si eso fuera un mérito tremendo, un excelso timbre de nobleza y no un mero capricho de la biología. Yo, en cambio, sé que si hubiera nacido en Kabul ahora sería musulmán, pobre y afgano; y si hubiera nacido en Addis Abbeba ahora sería etíope a mucha honra y, una de dos, o me habría muerto de hambre o habría ganado los tres mil obstáculos en las olimpiadas.
El caso es que, por mero azar, nací en Logroño y tengo mis raíces en Fuenmayor, Santa Coloma, Sotés y Quel. Con semejante pedigrí, si esto fuera el País Vasco ya me habría caído por lo menos una dirección general. Pero esto es La Rioja, o sea, España. Y, para sentirme riojano y español, no necesito envolverme en la bandera ni abuchear a Zapatero en el desfile del Pilar (¿acaso el presidente del Gobierno no es también un símbolo nacional que merece respeto?). Por eso pido a todos mis compatriotas que, en esta semana tan señalada, salgamos a la ventana, inflemos nuestros pulmones y lancemos con ardor guerrero el embriagador grito que nos enseñó aquel añorado ministro:
¿Viva Honduras!












