
La cita, extraída de entre más de 60 testimonios presentados en el juicio, revela el papel que cumplió este sacerdote, capellán de la temible policía de la provincia de Buenos Aires, durante en aquellos años de plomo en que la dictadura hizo desaparecer a 30.000 personas, según organismos humanitarios.
Con el característico cuello blanco -al que se aferró inclusive en el banquillo, cuando portaba también esposas y chaleco antibalas- Von Wernich recorría centros clandestinos de detención y apuntalaba la brutal faena de los represores, alentando a los prisioneros a soltar información para evitar la tortura.
Tras un juicio de tres meses, el cura fue sentenciado por el tribunal federal de La Plata como «coautor» de siete homicidios y 31 de torturas, y como «partícipe necesario» en 42 privaciones ilegales de libertad. El presidente del tribunal, Carlos Rozanski, remarcó que los crímenes del sacerdote fueron «delitos de lesa humanidad cometidos en el marco del genocidio que tuvo lugar entre 1976 y 1983».
Supervivientes, familiares de víctimas y representantes de organismos de derechos humanos saltaron de sus asientos y lanzaron exclamaciones de júbilo. Tras 30 años de impunidad, este cura de 69 años, emblema del compromiso de un amplio sector de la iglesia católica argentina con el régimen, deberá pagar su culpa.
El primero
Nunca antes un religioso en América latina había sido condenado por genocidio. El presidente Néstor Kirchner consideró que fue un dictamen «ejemplar».
El caso más contundente en contra del sacerdote fue el homicidio de siete miembros del grupo izquierdista Montoneros. Según diversos testimonios, los represores contactaron a las familias y les pidieron dinero a cambio de sacar a los detenidos del país. Von Wernich fue el mediador y recibió dinero de tres familias. Pero las víctimas fueron asesinadas en presencia del cura, que luego consolaba la conciencia de los asesinos. Mercedes Molina contó al tribunal que ella nació en el Departamento de Investigaciones de la policía durante el cautiverio de su madre, Liliana Galarza, y que fue bautizada por Von Wernich, tal como admitió él mismo. Pero el hombre jamás reveló cuál fue el destino de su madre, todavía desaparecida.
Otros testimonios coincidieron en señalar que el sacerdote procuraba ganarse la confianza de los detenidos, hacinados, en condiciones inhumanas y con los ojos vendados. También fue visto en la sala de torturas, junto al camastro de algunas víctimas como el editor Jacobo Timerman, fundador del diario 'La Opinión'.
La Conferencia Episcopal Argentina, máxima autoridad de la iglesia local, emitió un tibio comunicado manifestándose «conmovida» por la participación del cura en delitos gravísimos, a la vez que exhortó a los argentinos a alejarse «del odio y el rencor».





