Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
RSS | ed. impresa | Regístrate | Viernes, 10 febrero 2012

Mundo

MUNDO
La rebelión de los niños olvidados
Un grupo de alumnos de una remota escuela en la jungla personifica los problemas que han asfixiado a Birmania hasta encender la mecha de la revuelta popular
Vota
0 votos

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
El sendero es estrecho y su pendiente muy pronunciada. La intensa lluvia convierte el camino en un barrizal, y las piedras que lo jalonan están resbaladizas. Es difícil avanzar. El agua lo empapa todo, y se cuela en el interior de las pequeñas construcciones de madera y bambú que pueblan la jungla del pequeño pueblo de Banlan. Los niños, sin embargo, parecen disfrutar del chaparrón. Juegan y chapotean en uno de los pocos momentos en los que el agua detiene el tiempo y arrastra los problemas que asolan esta región. Es el Triángulo del Oro, la confluencia de Tailandia, Laos y Myanmar -antigua Birmania-, con el río Mekong como vía principal. Un territorio dominado por mafias despiadadas, grupos guerrilleros y uniformes corruptos.

En suelo tailandés, a sólo ocho kilómetros de la frontera con Myanmar, se encuentran los dos edificios de hormigón desnudo que albergan la escuela de Banlan. Hay espacio, y presupuesto del Gobierno, para 200 alumnos, pero aquí reciben formación 611 gracias al apoyo de Unicef. Sólo 16 son tailandeses, el resto procede de la antigua Birmania. Sus sonrisas son fugaces. Cuando abandonan el recinto escolar cae sobre ellos una cruel realidad. La soledad de los huérfanos, el hacinamiento de los refugiados, los efectos del sida, y los recuerdos de las víctimas del tráfico de personas para la prostitución, y para la explotación laboral.

Diferentes fuentes estiman que por el paso de las Tres Pagodas, la principal puerta entre el norte de Tailandia y la convulsa Myanmar, en el Triángulo del Oro, circula entre el 45% y el 60% de la droga que se consume en el sudeste asiático. Por este mismo puesto fronterizo cruzan, cada año, entre 15.000 y 50.000 mujeres y niños birmanos destinados a la prostitución. La mayoría de estas víctimas han sido forzadas o engañadas. Lo cuenta Jin, una niña de 14 años rescatada de un burdel de Pattaya, que ahora acude a clase en la escuela de Banlan. «No podíamos salir del edificio, y si el hombre se quejaba la 'mamasan' nos daba una paliza, nos castigaba sin comida, o nos encerraba en cuartos oscuros».

Lógicamente, todo esto no sería posible sin la connivencia de cientos de militares y policías corruptos que se benefician de un negocio tan lucrativo. En Tailandia, las campañas contra la corrupción han tenido un efecto notable, pero en Myanmar, donde el Ejército es todopoderoso, sólo el éxito de una rebelión popular como la 'revolución azafrán' de este mes podría provocar un cambio.

Los niños son las principales víctimas de los problemas endémicos de la antigua Birmania. Inocentes, indefensos, manejables. Los militares se valen de algunos de ellos en sus filas, y muchas jóvenes son utilizadas como esclavas sexuales. Los más pequeños son también moneda de cambio, mercancía. Algunos tienen suerte y acaban en uno de los muchos campos de refugiados de Tailandia, donde han encontrado un nuevo hogar 150.000 birmanos. En la escuela de Banlan reciben la educación que su país les negó. La vida de nueve alumnos representa la base del descontento social en Myanmar. Ellos personifican las razones que subyacen en la 'revolución azafrán'.

NA-00

Nueve años

Explotación laboral

Cinco euros al día no son suficientes para sacar adelante a una familia de ocho miembros. Por eso, todas las manos son necesarias. Incluidas las de Na-oo, de nueve años. Cada día, cuando acaba las clases en Banlan, deja la mochila y se une a sus padres en el 'jardín de las naranjas', una explotación frutícola que da trabajo a muchos inmigrantes ilegales como ellos. Los adultos cobran 1,5 euros al día. Los niños, la mitad. «Si no trabajamos nosotros, no podemos comer», explica el niño. Hace dos años que Na-oo cruzó la frontera a bordo de un camión cargado de electrodomésticos chinos. Junto a él viajaban su madre y sus dos hermanos mayores. Son inmigrantes ilegales, el escalón más bajo del ámbito laboral. Los empresarios se aprovechan de la necesidad, y pagan una cuarta parte de lo que ganaría un tailandés.

JIN

14 años

Esclavitud sexual

Todavía tiene miedo de caminar sola. «La raptaron cuando iba a casa de su tía, y luego la vendieron a la mafia», explica una de sus profesoras. Sólo tiene 14 años, pero Jin ya ha sufrido mucho más que la mayoría de adultos. Es una de las miles de víctimas del tráfico de personas para la prostitución. Myanmar es uno de los países 'emisores' más importantes de la región. «Las birmanas acaban en burdeles baratos donde son esclavizadas. Algunas son asesinadas, y la mayoría contrae enfermedades como el sida». Afortunadamente, Jin fue rescatada de un burdel de Pattaya, y está «limpia».

KRIT

11 años

Narcotráfico

No se cambia nunca de ropa. El pantalón de chándal azul y la camiseta con el logotipo de la escuela de Banlan son las únicas prendas que posee. Cuando regresa de la escuela y tiene que recoger la casa y preparar la comida, Krit se quita la ropa y trabaja en calzoncillos. «No quiero ensuciar el uniforme», explica. Sólo tiene 11 años, pero ya es el cabeza de familia. Su progenitor cumple cadena perpetua en una cárcel tailandesa por tráfico de drogas. «Mi padre es malo», cuenta. «No está con nosotros porque hizo cosas malas, y ahora vivimos mal». Su chabola es la peor acondicionada del pueblo. Duermen sobre una colchoneta, y botellas vacías de whisky tailandés demuestran los problemas que su madre tiene con el alcohol. Es un ejemplo de las miles de familias que han quedado rotas por el narcotráfico en el Triángulo del Oro.

SRIPET

Nueve años

Sida

El EKLN asesinó a su padre, funcionario de Myanmar, y las amenazó de muerte a ella y a su madre. Con su abuela huyeron a Tailandia, donde su progenitora trabajó en diferentes industrias que utilizan a birmanos ilegales como mano de obra barata. Murió un año después, víctima del sida. Ahora, es la propia Sripet, de nueve años, la que sufre la enfermedad. Ya se manifiesta en forma de heridas que cubren todo su cuerpo. Sin el estatus de refugiada por culpa de simples problemas burocráticos, no tiene acceso a ningún tratamiento médico.

REUNKHAM

10 años

Conflicto armado

Reunkham es hija de un guerrillero arrepentido. «Creo que Myanmar necesita una revolución, pero lamento haber puesto en peligro la vida de mi familia», reconoce el padre. Por eso decidió abandonar el país y buscar refugio en el norte de Tailandia.
larioja.com on Facebook
Vocento
SarenetRSS