REGIÓN
Hombres como máquinas
Treinta miembros de una familia portuguesa dedicada a la venta ambulante durante el resto del año acuden en estas fechas a la vendimia riojana
05.10.07 -

Quien tiene un amigo tiene un tesoro, pero poco dice el refranero sobre el valor de una buena cuadrilla en el campo. Cualquier agricultor sabe que el éxito de su vendimia depende, en gran medida, de un grupo de trabajadores a los que ve, como mucho, diez días al año. Por eso, todos los profesionales se esfuerzan en conservar a los que el año anterior les han dado buen resultado. Es el caso de Francis Rubio, cenicerense, que se topó en el 2005 con una familia portuguesa que trabaja como «una máquina». «Cada uno de ellos es capaz de recoger 2.000 kilos de uva al día», cuenta Rubio, que contactó con Porfidio Marqués, el líder de este grupo, a través de un colega de Tricio. «Me lo recomendaron y, la verdad, fue todo un acierto. Había tenido alguna mala experiencia previa, así que encontrarme con un grupo de confianza me da siempre mucha tranquilidad», asegura.
Porfidio y su familia vienen desde Castelho Blanco, una localidad cercana a la frontera de Extremadura. «Con Francis estamos diez: cuatro hermanos, algunos cuñados y otros familiares», recuenta este joven de 26 años que aparenta algunos más, piel curtida por las vendimias de aire y sol. Sólo en los campos de Cenicero, 30 miembros de su familia están participando en la recogida de la uva. El boca a boca entre los agricultores ha convertido a Porfidio en un intermediario, nada que ver con un subcontratador. «Todos los contratos son legales. Los redacta una trabajadora del Ayuntamiento en Cenicero. Muy pocos contratan a través de mafias porque supone un riesgo innecesario», sostiene Rubio.
«Yo les digo a mis familiares que aquí tienen una oportunidad de ganar dinero», corrobora Porfidio. «Lo que ganan sale de sus riñones», interviene el agricultor cenicerense. Y es verdad. Una buena semana de trabajo, de ocho de la mañana a siete de la tarde con dos horas para comer y media larga para almorzar, puede proporcionarles 700 euros, o más, a cada uno, dinero que completan el resto del año vendiendo fruta en mercadillos ambulantes. Sus hijos les acompañan en este viaje a La Rioja; y en vendimias, los pequeños van a clase a la escuela de Cenicero. Por la noche, descansan en una lonja acondicionada por sus contratadores. «Nuestra vida es dura», reconoce el portugués; «pero por ahora es la que tenemos».
El perfil del temporero ha cambiado en las últimas dos décadas, certifica Francisco Rubio. «Antes, venían extremeños, andaluces, algunos vascos por razones de cercanía y estudiantes que querían ganar algo de dinero. Ahora, casi todos son extranjeros», relata este agricultor, que vende su uva a Marqués de Cáceres. «Va a ser una buena cosecha. La uva viene con entre 12 y 13 grados», dice Francis. «El mérito también es de ellos».
Porfidio y su familia vienen desde Castelho Blanco, una localidad cercana a la frontera de Extremadura. «Con Francis estamos diez: cuatro hermanos, algunos cuñados y otros familiares», recuenta este joven de 26 años que aparenta algunos más, piel curtida por las vendimias de aire y sol. Sólo en los campos de Cenicero, 30 miembros de su familia están participando en la recogida de la uva. El boca a boca entre los agricultores ha convertido a Porfidio en un intermediario, nada que ver con un subcontratador. «Todos los contratos son legales. Los redacta una trabajadora del Ayuntamiento en Cenicero. Muy pocos contratan a través de mafias porque supone un riesgo innecesario», sostiene Rubio.
«Yo les digo a mis familiares que aquí tienen una oportunidad de ganar dinero», corrobora Porfidio. «Lo que ganan sale de sus riñones», interviene el agricultor cenicerense. Y es verdad. Una buena semana de trabajo, de ocho de la mañana a siete de la tarde con dos horas para comer y media larga para almorzar, puede proporcionarles 700 euros, o más, a cada uno, dinero que completan el resto del año vendiendo fruta en mercadillos ambulantes. Sus hijos les acompañan en este viaje a La Rioja; y en vendimias, los pequeños van a clase a la escuela de Cenicero. Por la noche, descansan en una lonja acondicionada por sus contratadores. «Nuestra vida es dura», reconoce el portugués; «pero por ahora es la que tenemos».
El perfil del temporero ha cambiado en las últimas dos décadas, certifica Francisco Rubio. «Antes, venían extremeños, andaluces, algunos vascos por razones de cercanía y estudiantes que querían ganar algo de dinero. Ahora, casi todos son extranjeros», relata este agricultor, que vende su uva a Marqués de Cáceres. «Va a ser una buena cosecha. La uva viene con entre 12 y 13 grados», dice Francis. «El mérito también es de ellos».











