
En esta ocasión no me interesa extenderme en argumentos difícilmente discutibles como pueda ser la condena de la crueldad, sino centrarme en el único argumento que una y otra vez presentan los taurinos y que constituye el único pilar de su defensa. Dicen que la tauromaquia es una arte y dicen que es el arte propiamente español.
En primer lugar voy a la incongruencia más evidente. Aunque no soy muy amiga de orgullos patrios, creo que es necesario recordar que las corridas de toros no constituyen un hecho diferencial español, sino que habiendo existido en casi toda Europa, se fueron suprimiendo progresivamente en distintos territorios según avanzaban los procesos civilizatorios.
En segundo lugar, afirmar que la tauromaquia es un arte es desconocer por completo el concepto de arte, así como todo tipo de disciplinas que giran en torno a él (la Estética, la Historia del Arte, etc). Para hablar de arte o adjetivar una obra como artística, es indispensable reconocer su originalidad y su irrepetibilidad (al margen de que pueda ser reproducida técnicamente). El arte se define por su capacidad de crear conceptos, es decir, de «hacer visible lo invisible», o más fácil aún: de sacar a la luz parcelas de la realidad que permanecían ocultas o recubiertas o que se escapaban a nuestros códigos simbólicos. Las corridas de toros no son un arte sino una repetición constante en la que se reedita una y otra vez un sadismo neurótico. No crean ningún concepto: en todo caso, material casposo para la prensa rosa. Su esencia no tiene nada que ver con el arte, sino en todo caso, con el ritual, ligado a las religiones primarias o a la magia. Frente a esto, reivindico una sociedad racional y laica, y un Estado que la haga posible, o que al menos no la impida.





