
El informe, que se encuentra en fase de elaboración, destaca que La Rioja no cuenta con ninguna zona con riesgo 'muy alto' de desertificación. En riesgo 'alto' figura el 2,97% del territorio regional (14.966 hectáreas), mientras en el epígrafe 'medio' se agrupa el 5,27% de las tierras riojanas (26.545 hectáreas). El riesgo es bajo en el 50,29% de La Rioja (253.567 hectáreas) y las tierras húmedas y las superficies artificiales (sin riesgo de desertificación) representan el 41,17% de la región (209.099 hectáreas).
La media nacional supera en sus parámetros a la riojana. En España, el riesgo de desertificación muy alto supone el 0,59% del territorio; en riesgo alto se encuentra el 4,59% del país; en medio, el 11,29%; en bajo, el 55,14%; por último, las zonas húmedas representan el 28,39% de la superficie nacional.
Aunque los expertos indican que la situación riojana no es preocupante, la desertificación podría aumentar en el futuro. Según otro informe del Gobierno regional, el 30% del territorio de La Rioja sufre niveles moderados, altos, muy altos o extremos de erosión en el suelo (ver mapa). La erosión es el paso previo a la desertificación.
La consejera de Medio Ambiente del Gobierno regional, Aránzazu Vallejo, recuerda que La Rioja «no es tan verde como la cornisa cantábrica, pero tampoco está en la España seca», antes de apuntar que la comunidad lucha contra la desertificación con programas de repoblación forestal. Además, en los últimos años, la superficie de suelo quemada en incendios ha disminuido paulatinamente. Así, en el 2006, tan sólo resultaron calcinadas 49,87 hectáreas en la región.
El profesor de Geografía de la Universidad de La Rioja José Arnáez Vadillo coincide con Aránzazu Vallejo al opinar que la desertización en La Rioja «es un riesgo, pero en mucha menor medida que en regiones como Alicante, Murcia o Almería». Arnáez destaca que la erosión resulta más intensa en los terrenos con mayor actividad humana y con un clima más seco, áreas que corresponden en La Rioja al valle del Alhama-Linares y a la depresión del Ebro.
En el caso del Alhama-Linares, Arnáez afirma que el clima seco de la zona «dificulta la repoblación vegetal, que frena la erosión y la desertificación». En el valle del Ebro, por su parte, «la actividad agraria intensiva con viñedos en pendiente, el arado o la utilización de maquinaria que apelmaza el suelo» aumenta el riesgo, según Arnáez, que advierte sobre la situación de pueblos con grandes plantaciones de viña como Cenicero: «En la N-232, por ejemplo, se puede encontrar gran cantidad de sedimentos porque el cultivo en pendiente facilita la erosión».
Arnáez resalta también que la desertificación es un proceso reversible, como sucede en el Camero Viejo. «Hasta los años 50 del siglo pasado, los habitantes de esta comarca se dedicaban a la agricultura y la erosión de estas tierras era importante. Con la despoblación, la vegetación empezó a ocupar el suelo y a frenar la desertización. Ahora, Cameros es una de las zonas con más vegetación», culmina el profesor.












