COMO EL JUEVES
De burros y caracoles
30.08.07 -
Desconozco qué tanto de interés puede tener para un lector del diario
El caso es que cada final de agosto, Tricio asume su cuota de protagonismo in-ter-na-cio-nal gracias a las singulares habilidades de los molúscos gasterópodos y a la ligereza de los pollinos. Y eso puede estar bien, pero a servidor, también cada año, le ataca en este tiempo el desconsuelo de pensar lo mucho que esconde este Tricio romano debajo de tanta baba y de tantos carajones y lo poco que parece importarle a la mayoría.
No se entiende de otra manera la desidia que rodea por costumbre a cuanto descubrimiento arqueológico/histórico se viene dando de antiguo en la localidad, fértil como una coneja en lo que a tesoros cerámicos se refiere, como sabe cualquier caracolero, pues quien más quien menos ha desenterrado en la huerta con su azadilla un sello de sigilata del año la tarambana.
Lo último en salir a flote ha sido un horno de cocer cerámica datado en los siglos primero o segundo. Un ejemplar único en su especie, a decir de los expertos. Un vestigio en extraordinario grado de conservación, aseguran.
El descubrimiento ha sido, no podía serlo de otra forma, casual. Las obras de una carretera lo han sacado a la luz para solaz, supongo, de los más enterados. Porque, como viene ocurriendo desde hace décadas, el horno milenario, una vez fotografiado, estudiado y datado, será nuevamente enterrado bajo toneladas de tierra, desinterés y hasta ignorancia. Y en Tricio, salva sea la ermita de Arcos -que Dios y no el hombre guarde- nada seguirá recordando su historia. Sólo los burros y los caracoles.
Estrella de Panamá
que el caracol Correcaminos
fuese el ganador de la última edición de la carrera de caracoles de Tricio. O cuánto para un canario de Santa Cruz conocer que el asno Punto Com
repitiera triunfo en la sinigual carrera que mide en la antigua villa riojana a los más veloces onagros del norte del país. El caso es que cada final de agosto, Tricio asume su cuota de protagonismo in-ter-na-cio-nal gracias a las singulares habilidades de los molúscos gasterópodos y a la ligereza de los pollinos. Y eso puede estar bien, pero a servidor, también cada año, le ataca en este tiempo el desconsuelo de pensar lo mucho que esconde este Tricio romano debajo de tanta baba y de tantos carajones y lo poco que parece importarle a la mayoría.
No se entiende de otra manera la desidia que rodea por costumbre a cuanto descubrimiento arqueológico/histórico se viene dando de antiguo en la localidad, fértil como una coneja en lo que a tesoros cerámicos se refiere, como sabe cualquier caracolero, pues quien más quien menos ha desenterrado en la huerta con su azadilla un sello de sigilata del año la tarambana.
Lo último en salir a flote ha sido un horno de cocer cerámica datado en los siglos primero o segundo. Un ejemplar único en su especie, a decir de los expertos. Un vestigio en extraordinario grado de conservación, aseguran.
El descubrimiento ha sido, no podía serlo de otra forma, casual. Las obras de una carretera lo han sacado a la luz para solaz, supongo, de los más enterados. Porque, como viene ocurriendo desde hace décadas, el horno milenario, una vez fotografiado, estudiado y datado, será nuevamente enterrado bajo toneladas de tierra, desinterés y hasta ignorancia. Y en Tricio, salva sea la ermita de Arcos -que Dios y no el hombre guarde- nada seguirá recordando su historia. Sólo los burros y los caracoles.











