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RSS | ed. impresa | Regístrate | 3 diciembre 2008

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LETRA PEQUEÑA
Mirando al mar
24.08.07 -
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Tal vez por el hecho de ser nacida tierra adentro es por lo que siempre he sentido una enorme fascinación por el mar, hasta el punto de que nunca digo «voy a la playa» sino «voy al mar». La playa es la compañera de un amante caprichoso que la moldea a su antojo; que, a ratos, le susurra suavemente y, de pronto, le grita poderoso alardeando de su fuerza; que la acaricia con ternura o la arrastra y la golpea con furor; que la abandona dejándola impúdicamente desnuda para retornar a buscarla y cubrirla amoroso. El mar muere a cada instante para volver a resucitar, y la playa lo sabe.

Instalo mi incómoda sillita playera (en la que cada vez me cuesta más sentarme), me sitúo en una especie de dimensión alfa fuera del tiempo y del espacio y me pierdo en su inmensidad, dedicada sólo a su contemplación. Sé que su existencia y su esencia me superan y reconozco que no lo entiendo pero que tengo que creer en él con la fe a que me obliga la ciencia. He aprendido que la línea del horizonte no es un límite sino una continuación que se explica por la redondez de la tierra; que el peso del agua nunca hundirá sus fondos; que las mareas, en estrecha relación con las fases de la luna, rigen la vida del planeta, que nunca es la misma agua la que moja mis pies y que ningún día tiene el mismo color. No sé si es el cielo quien se pinta del color del mar o es el mar el que mimetiza el color del cielo. Me serena cuando está en calma y me sobrecoge cuando se encrespa. Y siempre me pierdo en su grandeza.

Es tan importante que, como los dioses antiguos, goza de la dualidad. Puede ser «el mar», masculino para los profanos, y «la mar», femenino para los navegantes. Me trae dulces recuerdos de la infancia y de la juventud y sobre sus olas dibujo las siluetas de los seres queridos que ya no están conmigo.

Justo en el momento en que empieza a invadirme la nostalgia, llegan mis nietos y me sacan de mi ensoñación. «¿Qué haces tan quieta abuela?» Los veo como si llegaran de otro mundo y, para disimular mi turbación, les canto aquella balada de mis tiempos jóvenes y románticos: «Mirando al mar soñé...» Ellos se ríen y se lanzan a las olas. Y tengo que volver a la realidad para dedicarme a contar sus cabezas mientras aparecen y desaparecen bajo la espuma blanca.

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