Aunque si hay un momento en el que nada funciona, ése es agosto. Durante todo el mes. No se afanen en organizar nada durante estos treinta días, porque ya les vaticino un resultado díscolo. No esperen que el encargo que hicieron hace dos meses vaya a llegar justo ahora. No confíen en que los hacendosos obreros que contrataron en mayo se vayan a poner en faena en agosto. No recen porque esté abierto el comercio al que dejaron de ir en julio. No conciban la posibilidad de acelerar trámites burocráticos o papeleos institucionales. En serio, déjenlo. Por su cordura.
Agosto es un mes maldito. Es una de las raras ocasiones en las que todos los españoles se ponen de acuerdo -por una vez, hay consenso general- para dejarlo todo y rascarse la barriga. Retrasos y aplazamientos aparte, hay dos indicadores clave de la desidia de este mes. La casi total ausencia de fútbol es el primero. ¿Se percatan de que las aburridas pachangas -incluidos veteranos trofeos veraniegos y copillas de medio pelo-, que no interesan ni a los forofos de los equipos que ganan, son las únicas concesiones que se hacen al deporte rey durante esta mensualidad?
Pero, la señal definitiva de que agosto es un mes para la basura es que uno de los sectores más rentables -díganselo a los paganinis de los carnés- , el de las autoescuelas, ¿también cierra! Achacan la culpa a Tráfico pero no, el verdadero culpable es el espíritu de este mes.
Yo, en cambio, creo que agosto es tan poco aprovechable porque cuenta con la semana más depresiva del año: la de la vuelta al trabajo. Sniff.












