CON PERMISO
«¿Cuándo llegamos?»
21.08.07 -
Era lo que más temía de los viajes en coche. No habíamos terminado de subir la rampa del garaje cuando desde los asientos de atrás escuchábamos aquella aterradora pregunta: «¿Cuándo llegamos?»
Los críos nacen dotados de un sensor de serie capaz de detectar los momentos más idóneos para tocarnos las narices a los padres. Me maravilla escuchar a quienes cuentan que sus hijos se duermen como angelitos en el coche; hasta el punto de que de vez en cuando tienen que echar un vistazo a los asientos traseros para asegurarse de que viajan con ellos.
Pero esas son habas contadas. La mayoría da la lata en el coche sin parar. Machaconamente. Si el trayecto es corto, pues bien, tiras adelante y lo soportas con serenidad. ¿Pero ay de ti como el viaje sea largo! Qué infierno.
«Me hago piiis», «¿falta muchooo?», «tengo seeed» (también en versión hambre) y «uf, me duele la tripa» son algunas de las excusas a las que más recurren aburridos como ostras. Al principio, aún te queda una reserva de paciencia y con mesura sugieres: «Venga, no empecéis». Pero llega un momento en el que ya no das más de sí y encendido como una tea sueltas a voz en grito: «Yo también y me aguanto. ¿Callaos ya, por Dios!». Sin embargo, el efecto del bufido es frugal. Entre cinco y siete minutos. No más. Y a partir de ese momento la cosa se agrava. Se ponen a discutir y la riña termina en lloros. El acabose.
Un día nos plantamos y decidimos que había que hacer algo. Opción A: no viajar (descartado); opción B: no hacerlo con ellos (quedaría feo); opción C, autobús o tren (no convencen). Cuando sospechábamos que no había solución, ¿plinc!, una bombillita se encendió. «¿Lo tengo; instalamos un DVD en el coche». Y ha sido nuestra salvación. El paraíso sobre cuatro ruedas. No se oye ni mu. Como si enfilas a Cádiz. Hasta el punto de que ahora, de vez en cuando, tenemos que echar un vistazo a unos asientos traseros tranquilos y silenciosos.
Los críos nacen dotados de un sensor de serie capaz de detectar los momentos más idóneos para tocarnos las narices a los padres. Me maravilla escuchar a quienes cuentan que sus hijos se duermen como angelitos en el coche; hasta el punto de que de vez en cuando tienen que echar un vistazo a los asientos traseros para asegurarse de que viajan con ellos.
Pero esas son habas contadas. La mayoría da la lata en el coche sin parar. Machaconamente. Si el trayecto es corto, pues bien, tiras adelante y lo soportas con serenidad. ¿Pero ay de ti como el viaje sea largo! Qué infierno.
«Me hago piiis», «¿falta muchooo?», «tengo seeed» (también en versión hambre) y «uf, me duele la tripa» son algunas de las excusas a las que más recurren aburridos como ostras. Al principio, aún te queda una reserva de paciencia y con mesura sugieres: «Venga, no empecéis». Pero llega un momento en el que ya no das más de sí y encendido como una tea sueltas a voz en grito: «Yo también y me aguanto. ¿Callaos ya, por Dios!». Sin embargo, el efecto del bufido es frugal. Entre cinco y siete minutos. No más. Y a partir de ese momento la cosa se agrava. Se ponen a discutir y la riña termina en lloros. El acabose.
Un día nos plantamos y decidimos que había que hacer algo. Opción A: no viajar (descartado); opción B: no hacerlo con ellos (quedaría feo); opción C, autobús o tren (no convencen). Cuando sospechábamos que no había solución, ¿plinc!, una bombillita se encendió. «¿Lo tengo; instalamos un DVD en el coche». Y ha sido nuestra salvación. El paraíso sobre cuatro ruedas. No se oye ni mu. Como si enfilas a Cádiz. Hasta el punto de que ahora, de vez en cuando, tenemos que echar un vistazo a unos asientos traseros tranquilos y silenciosos.












