«Hace años se pensó en contratar a portugueses, porque la legislación lo permite, pero un vigilante portugués prefiere irse a Francia antes que a España, porque allí pagan más», añade otro dirigente empresarial. ¿La solución? Según su opinión, bastaría un marco legal más flexible que permita la incorporación de trabajadores de origen sudamericano, «pero se tendría que negociar con el Ministerio del Interior la habilitación de esta gente». «Lo que está claro», agrega, «es que la capacidad de incorporar más vigilantes se está acabando». «Los jóvenes riojanos», agrega, «no quieren este tipo de empleo, buscan cosas más cómodas».
Un tercio, forastero
Sus datos son elocuentes: un tercio de la plantilla de su empresa, de las más poderosas del sector, está formada por trabajadores llegados de fuera de La Rioja, «sobre todo, cántabros y gallegos». «Y la situación no deja de empeorar, porque cada vez hay más trabajo, en sectores que hasta hace poco para nosotros ni existían», añade. Como ejemplo, cita los casos de vigilancias en edificios en obras, objeto de continuos robos en los últimos años, o la moda de disponer en algún domicilio de la llamada 'habitación del pánico'. «También nos complica el trabajo que cada vez se construyen más urbanizaciones o chalés aislados».
Nuevos modos de vida, nuevas modalidades delictivas: una ecuación que desemboca en mayores exigencias para las empresas del sector, que tienen el actual mes de agosto como la peor época, la más insegura. Proliferan los robos en domicilios, llegan más peticiones de mano de obra desde la costa, la vigilancia de las casas se relaja... Un feo panorama que preocupa al sector, incapaz de satisfacer la creciente demanda. Sólo hay doce academias en España que preparen para los exámenes que organiza el Ministerio del Interior, competente para la habilitación de los aspirantes, que deben carecer de antecedentes penales.












