CON PERMISO
Entrar al trapo
14.08.07 -
Ami juicio, el color del pañuelo de las fiestas mateas no es una cuestión menor. No recuerdo en qué curso de la EGB (o sea del pleistoceno) mi madre, logroñesa de pro, convenció a las Jesuitinas para que nos dejaran faltar la primera semana de clase a mi hermana y a mí y así poder venir a las fiestas. Y les juro que el pañuelo era azul. El color añil comenzaba a popularizarse.
Aquel paño ha sobrevivido año tras año, feria tras feria, con su escudo de la ciudad bordado a mano. Toda una reliquia. Cierto que el tono pavonado ha pagado el paso del tiempo y, al igual que el pelo se encanece, mi pañuelo se ha descolorido. Pero eso le confiere solera, casta, veteranía.
Entre sanmateo y sanmateo, mi querido retal descansa junto al no menos vetusto pañuelo de mi santo (también añil) en una cajita de la cómoda, envuelto primorosamente en papel de seda. Con ellos también están los de mis hijos. Llegada la mañana del disparo del cohete los sacamos y nos los anudamos con toda solemnidad.
El año pasado, la mayor nos propuso a su padre y a mí intercambiar los pañuelos. «¿Anda calla, que no sabes los que dices!», nos atrincheramos. Y como si se tratase de un negocio familiar, de una alhaja fabulosa o de un coche de serie limitada sólo acepté conceder muy digna: «Hijos míos, algún día estos pañuelos serán vuestros».
No me tengo por contestataria pero, lo aviso, no me dejaré seducir por el nuevo color '201 c' color vino de Rioja adoptado por el Ayuntamiento (propongo que lo siguiente sea clarificar si los llevamos sobre la chepa o como baberos, que ese es otro debate sin resolver), que encima se dará de patadas con los burdeos que han ido ganando terreno con el tiempo. Menudo popurrí encarnado.
Yo me mantendré fiel a mi pañuelo opalino, desvaído y avezado. Y espero que cuando se cruce con los novatos, chulo como nadie, clame: «¿Niñatos a mí!»
Aquel paño ha sobrevivido año tras año, feria tras feria, con su escudo de la ciudad bordado a mano. Toda una reliquia. Cierto que el tono pavonado ha pagado el paso del tiempo y, al igual que el pelo se encanece, mi pañuelo se ha descolorido. Pero eso le confiere solera, casta, veteranía.
Entre sanmateo y sanmateo, mi querido retal descansa junto al no menos vetusto pañuelo de mi santo (también añil) en una cajita de la cómoda, envuelto primorosamente en papel de seda. Con ellos también están los de mis hijos. Llegada la mañana del disparo del cohete los sacamos y nos los anudamos con toda solemnidad.
El año pasado, la mayor nos propuso a su padre y a mí intercambiar los pañuelos. «¿Anda calla, que no sabes los que dices!», nos atrincheramos. Y como si se tratase de un negocio familiar, de una alhaja fabulosa o de un coche de serie limitada sólo acepté conceder muy digna: «Hijos míos, algún día estos pañuelos serán vuestros».
No me tengo por contestataria pero, lo aviso, no me dejaré seducir por el nuevo color '201 c' color vino de Rioja adoptado por el Ayuntamiento (propongo que lo siguiente sea clarificar si los llevamos sobre la chepa o como baberos, que ese es otro debate sin resolver), que encima se dará de patadas con los burdeos que han ido ganando terreno con el tiempo. Menudo popurrí encarnado.
Yo me mantendré fiel a mi pañuelo opalino, desvaído y avezado. Y espero que cuando se cruce con los novatos, chulo como nadie, clame: «¿Niñatos a mí!»












