Lo cumplí en parte porque la carrera me obligaba a emigrar a Pamplona. El primer día allá, tras un dramático viaje que dejaba atrás muchas cosas -los 'sanmateos' a medias, entre otras-, entendí que mi vida no volvería a ser igual. La imagen de mí misma iba a dar un vuelco: me veía como a los protagonistas de esas telecomedias, que viven solos desde los 16 años y disfrutan de una vida de farras, reuniones de amigos y lujosas vacaciones. En ese momento una no hace cálculos sino sueños de lechera. Tras cinco años maravillosos en Pamplona y Madrid, una oferta de trabajo me hizo regresar. La idea de la emancipación se mantenía intacta. Hasta que vi el sueldo y el precio de los pisos. Y entonces desaparecieron las risas enlatadas de telecomedia y llegó el culebrón. A la española.
Dos años después de la traumática -siempre lo es- vuelta a casa, con el imprescindible apoyo económico de mis padres y una sustancial mejora de mi sueldo, me plantee la aventura de comprar un piso. Fue hace casi dos años. Un año de sangrantes letras, la firma de la hipoteca, el pago de escrituras, altas de agua y luz... acabaron con los pocos ahorros que había logrado reunir. Y no había hecho más que empezar porque la emancipación no es sólo comprarse un piso. También hay que llenarlo. Y eso casi cuesta más.
Por eso, lo de «a los 18 me voy de casa» se torna en «igual puedo irme a los 26... con suerte». Y con mucha ayuda.





