EL CRISOL
Kafkiano
11.08.07 -
En su tercera acepción, el Diccionario de la RAE define la palabra 'kafkiana' como «una situación absurda, angustiosa». Esa misma sensación sentí el pasado martes cuando me acerqué a las oficinas logroñesas del INSS para solicitar una tarjeta sanitaria de desplazamiento.
En mi ingenuidad -que espero no perder hasta al último adiós- vinculaba las interminables colas de espera con regímenes totalitarios y/o tercer- mundistas, y no con países modernos como el que nos ha tocado en suerte. Sin duda, estaba muy equivocado.
El caso es que me topé con una larga fila recorriendo la calle Labradores, fila que sólo daba acceso a un número de reserva, igual que en el supermercado. Mientras esperaba, observé cómo varios carteles, estratégicamente situados, po-nían la venda al sufrido contribuyente antes que la herida: «A partir de las 14.00 no se atenderá a las personas que se encuentren en espera», informaban.
Al filo del mediodía por fin me dieron número: el 109. Con tan sólo dos horas de margen, y el panel electrónico todavía marcando el número 30, era evidente que no albergaba ninguna posibilidad de ser atendido ese mismo día. La gente protestaba, bramaba, se cabreaba... y con razón.
Ante mi enfado, la señorita de la ventanilla, muy amable por cierto, me sugirió que realizara el trámite a través de un teléfono 900 y, sin problema, recibiría las tarjetas en casa.
Y así lo hice cuando regresé a mi domicilio. Todo iba de perlas hasta que la telefonista me devolvió a la cruda realidad: el nombre de la calle que constaba en los archivos del INSS difería en dos letras del correcto.
-¿Oiga, que eso no es culpa mía! -le dije-. Lo cambia en el ordenador y 'santaspascuas'.
-No va a poder ser -me contestó-. Tiene que ir a nuestras oficinas para rellenar un cambio de domicilio.
-¿Otra a la calle Labradores? -le pregunté, estupefacto.
-Si le va mejor, también puede hacerlo en la calle Sagasta.
¿Ay! ¿Si Franz Kafka levantara la cabeza...!
En mi ingenuidad -que espero no perder hasta al último adiós- vinculaba las interminables colas de espera con regímenes totalitarios y/o tercer- mundistas, y no con países modernos como el que nos ha tocado en suerte. Sin duda, estaba muy equivocado.
El caso es que me topé con una larga fila recorriendo la calle Labradores, fila que sólo daba acceso a un número de reserva, igual que en el supermercado. Mientras esperaba, observé cómo varios carteles, estratégicamente situados, po-nían la venda al sufrido contribuyente antes que la herida: «A partir de las 14.00 no se atenderá a las personas que se encuentren en espera», informaban.
Al filo del mediodía por fin me dieron número: el 109. Con tan sólo dos horas de margen, y el panel electrónico todavía marcando el número 30, era evidente que no albergaba ninguna posibilidad de ser atendido ese mismo día. La gente protestaba, bramaba, se cabreaba... y con razón.
Ante mi enfado, la señorita de la ventanilla, muy amable por cierto, me sugirió que realizara el trámite a través de un teléfono 900 y, sin problema, recibiría las tarjetas en casa.
Y así lo hice cuando regresé a mi domicilio. Todo iba de perlas hasta que la telefonista me devolvió a la cruda realidad: el nombre de la calle que constaba en los archivos del INSS difería en dos letras del correcto.
-¿Oiga, que eso no es culpa mía! -le dije-. Lo cambia en el ordenador y 'santaspascuas'.
-No va a poder ser -me contestó-. Tiene que ir a nuestras oficinas para rellenar un cambio de domicilio.
-¿Otra a la calle Labradores? -le pregunté, estupefacto.
-Si le va mejor, también puede hacerlo en la calle Sagasta.
¿Ay! ¿Si Franz Kafka levantara la cabeza...!












