RABONA AL ÁNGULO
Papeles en el suelo
08.08.07 -
Ayer tuve uno de esos días complicados. Digamos que pude comprobar en mis carnes el refrán que dice que en pueblo chico, infierno grande. Por eso, respiré aliviado cuando mi jornada cambió con una llamada al móvil, de esas que alegran el mes. Se trataba de un amigo del colegio, que vive en Holanda, al que no veía desde hace diez años y que estaba de paso por Logroño junto a su mujer y sus tres hermosos hijos. Tras un fraternal abrazo en en las puertas de La Redonda, decidí hacer de cicerone para enseñar las pocas bondades patrimoniales de nuestro Casco Antiguo, que incluía, por supuesto, un tapeo por los pocos bares abiertos en Laurel, de la que había escuchado infinidad de historias.
Entramos al primer bar, en donde disfrutamos de los placeres gastronómicos y de un buen caldo. Con el primer vino encima, y con las vergüenzas despejadas, mi amigo se animó a preguntar: «¿Por qué se tira todo al suelo?».
«Es la cultura; todo el mundo lo hace», dije tímidamente confiado en que mi ignorancia pasase desapercibida. Pero los niños son sagaces y esa inocente respuesta dio pie a que empezaran, siempre desde la rebeldía de un infante de 12, 10 y 6 años, a tirar al suelo todos los papeles que caían en sus manos. Desde su cultura holandesa -en realidad, desde el punto de vista de cualquier país civilizado-, les parecía divertido hacer el guarro como un juego. Y con el permiso de sus padres. Pedro, el más pequeño, era el encargado de buscar las servilletas del bar que pisábamos, mientras sus hermanas bailaban alegremente por encima de la montaña de papeles y porquerías. Y nadie les riñó. «¿Aquí podemos?», preguntaban en cada local. La venia les fue favorable hasta una heladería, en donde ya no cabían ese tipo de actitudes.
Creemos que vivimos es un lugar limpio hasta que llegan tres críos y nos hacen sonrojar con nuestra basura en el suelo. Pero lo nuestro no es un juego. Es la triste realidad.
Entramos al primer bar, en donde disfrutamos de los placeres gastronómicos y de un buen caldo. Con el primer vino encima, y con las vergüenzas despejadas, mi amigo se animó a preguntar: «¿Por qué se tira todo al suelo?».
«Es la cultura; todo el mundo lo hace», dije tímidamente confiado en que mi ignorancia pasase desapercibida. Pero los niños son sagaces y esa inocente respuesta dio pie a que empezaran, siempre desde la rebeldía de un infante de 12, 10 y 6 años, a tirar al suelo todos los papeles que caían en sus manos. Desde su cultura holandesa -en realidad, desde el punto de vista de cualquier país civilizado-, les parecía divertido hacer el guarro como un juego. Y con el permiso de sus padres. Pedro, el más pequeño, era el encargado de buscar las servilletas del bar que pisábamos, mientras sus hermanas bailaban alegremente por encima de la montaña de papeles y porquerías. Y nadie les riñó. «¿Aquí podemos?», preguntaban en cada local. La venia les fue favorable hasta una heladería, en donde ya no cabían ese tipo de actitudes.
Creemos que vivimos es un lugar limpio hasta que llegan tres críos y nos hacen sonrojar con nuestra basura en el suelo. Pero lo nuestro no es un juego. Es la triste realidad.












