«Lo que sé es que es muy duro», comentó Nicolas Sarkozy al margen de una visita a la selección nacional de rugby, a la que llegó con retraso por culpa de «unas cuantas negociaciones que tengo en el fuego». Su mujer viajó el domingo a Libia, por segunda vez en diez días a bordo de un avión presidencial junto a Claude Guéant, secretario general del Elíseo, y a Ferrero-Waldner, que no había sido informada del primer desplazamiento el 12 de julio.
Esta vez París cuidó las formas para evitar las manifestaciones públicas de malestar en Bruselas por unas gestiones consideradas unilaterales y tardías para colgarse las medallas de un feliz desenlace que se negocia pacientemente desde hace años. El Elíseo señaló que Sarkozy había hablado varias veces por teléfono con el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, y puntualizó que la misión de su mujer no era diplomática sino «humanitaria».
«Todo se ha hecho en completa coordinación y cooperación entre todas las partes que tienen que estar implicadas en la UE», resaltó por su parte el portavoz del Ejecutivo comunitario, Michael Mann.





















