LOCO POR INCORDIAR
Yo soy el mal
23.07.07 -
HOLA, muy buenas: yo soy el mal. Me pueden llamar como gusten (Lucifer, Satán, Luzbel, Hitler, Stalin, Pol Pot); pero si quieren saber mi verdadero nombre, diríjanse a la Conferencia Episcopal. Allá, un tipo con alzacuellos y pinta de haberse empollado todo el
Ustedes, como son tontos, todavía piensan que el demonio se ocupa de asesinar, de raptar, de matar inocentes, de violar, de robar. Que eso es realmente el mal. Pero esas ideas son estupideces de gente simple. Los obispos saben muy bien que el diablo, hoy en día, lleva chaqueta y portafolios y se dedica a enseñar cosas horribles, que van a acabar con la sociedad. Se dedica a explicar, por ejemplo, que los homosexuales no son animales depravados, sino gente normal y corriente; que la solidaridad de todos es la piedra angular de una sociedad democrática; que el preservativo (salvo que te quedes a pan y agua) es el medio más eficaz para prevenir enfermedades de transmisión sexual; que pagar impuestos es la condición básica para mantener una educación y una sanidad públicas; que el sufragio es un derecho constitucional y un deber cívico... Cosas, como ven, terribles y nauseabundas; conceptos que acabarán con la civilización occidental y que nos echarán en manos de los moros y de los ateos.
Entre tanto, yo -que soy el mal absoluto- me froto las manos. Mientras los obispos, los curas y sus feligreses rezan para que los profesores se conviertan al Evangelio según San Josemaría y se conformen con predicar la abstinencia, la oración y la dádiva (sobre todo la dádiva, que de algo tienen que vivir las jerarquías), a mí me dejan tranquilo y así me dedico a lo que he hecho siempre: asesinar, robar, montar guerras y joder al prójimo de todas las formas posibles. Qué quieren que les diga: soy un clásico.
Camino
de pe a pa les desvelará realmente cómo me llamo. Les aclarará que mi nombre auténtico es Educación para la Ciudadanía. Y que lo demás son monsergas.Ustedes, como son tontos, todavía piensan que el demonio se ocupa de asesinar, de raptar, de matar inocentes, de violar, de robar. Que eso es realmente el mal. Pero esas ideas son estupideces de gente simple. Los obispos saben muy bien que el diablo, hoy en día, lleva chaqueta y portafolios y se dedica a enseñar cosas horribles, que van a acabar con la sociedad. Se dedica a explicar, por ejemplo, que los homosexuales no son animales depravados, sino gente normal y corriente; que la solidaridad de todos es la piedra angular de una sociedad democrática; que el preservativo (salvo que te quedes a pan y agua) es el medio más eficaz para prevenir enfermedades de transmisión sexual; que pagar impuestos es la condición básica para mantener una educación y una sanidad públicas; que el sufragio es un derecho constitucional y un deber cívico... Cosas, como ven, terribles y nauseabundas; conceptos que acabarán con la civilización occidental y que nos echarán en manos de los moros y de los ateos.
Entre tanto, yo -que soy el mal absoluto- me froto las manos. Mientras los obispos, los curas y sus feligreses rezan para que los profesores se conviertan al Evangelio según San Josemaría y se conformen con predicar la abstinencia, la oración y la dádiva (sobre todo la dádiva, que de algo tienen que vivir las jerarquías), a mí me dejan tranquilo y así me dedico a lo que he hecho siempre: asesinar, robar, montar guerras y joder al prójimo de todas las formas posibles. Qué quieren que les diga: soy un clásico.












