REGIÓN
«Voy tirando porque mis hijos me invitan a comer»
La riojana Carmen Alonso se ve obligada a vivir desde hace 5 años con una pensión de viudedad de 496 euros
17.07.07 -

Carmen Alonso, vuelve casa tras realizar la compra. /I. G.
«Menos de 80.000 pesetas al mes». Ese es el dinero del que dispone la pensionista riojana, Carmen Alonso, para hacer frente a todos los gastos. Pero ¿se puede vivir con eso? Carmen lo tiene bastante claro. «No me llega ni para pipas», afirma resignada.
Esta mujer, que reside en Logroño, cotizó a la Seguridad Social durante 20 años, en los que trabajó como empleada doméstica en diferentes casas. Hace cinco años falleció su marido y recibe una pensión de viudedad de unos 496 euros al mes. «Ya sólo con los pagos de la comunidad, del agua, del gas y de la luz se me va más de la mitad del dinero», explica.
Aunque vive sola, tiene dos hijos: «Gracias a ellos, que me invitan algún día a su casa a comer, puedo ir tirando». Sin embargo, lamenta que no puede darse ningún capricho y que hace años que no va de vacaciones: «¿Cómo me voy a ir si hasta pongo la lavadora sólo dos veces a la semana para no gastar demasiado!»
Carmen no entiende cómo después de muchos años trabajando le ha quedado el mínimo para vivir: «No sé qué esperan que hagamos con esa miseria. A este paso, dentro de poco, nos dejan sin un duro».
Gastos inesperados
Los problemas graves surgen cuando llegan gastos inesperados. Por ejemplo, actualmente en su comunidad de vecinos quieren cambiar el ascensor. «No tengo ni idea de dónde voy a sacar el dinero para pagarlo; como no deje de comer», asegura con no poca sorna.
Carmen se define como una mujer inquieta, a la que no le gusta estar parada. De hecho, acude a la Universidad Popular a aprender ortografía. Y le gustaría participar en más actividades, pero no lo hace porque no puede afrontar los gastos.
Esta viuda pide a las autoridades que «suban las pensiones ya». Reclama, además, que esa subida sea lo suficientemente significativa como para poder vivir con cierta holgura, sin estar siempre con sensación de agobio, «que es lo que me ocurre ahora». Hasta que llegue esa esperada mejora, Carmen se verá obligada a seguir viviendo con menos de 500 euros al mes y continuará acudiendo a comer a casa de sus hijos «hasta que se cansen y no me inviten más».
Esta mujer, que reside en Logroño, cotizó a la Seguridad Social durante 20 años, en los que trabajó como empleada doméstica en diferentes casas. Hace cinco años falleció su marido y recibe una pensión de viudedad de unos 496 euros al mes. «Ya sólo con los pagos de la comunidad, del agua, del gas y de la luz se me va más de la mitad del dinero», explica.
Aunque vive sola, tiene dos hijos: «Gracias a ellos, que me invitan algún día a su casa a comer, puedo ir tirando». Sin embargo, lamenta que no puede darse ningún capricho y que hace años que no va de vacaciones: «¿Cómo me voy a ir si hasta pongo la lavadora sólo dos veces a la semana para no gastar demasiado!»
Carmen no entiende cómo después de muchos años trabajando le ha quedado el mínimo para vivir: «No sé qué esperan que hagamos con esa miseria. A este paso, dentro de poco, nos dejan sin un duro».
Gastos inesperados
Los problemas graves surgen cuando llegan gastos inesperados. Por ejemplo, actualmente en su comunidad de vecinos quieren cambiar el ascensor. «No tengo ni idea de dónde voy a sacar el dinero para pagarlo; como no deje de comer», asegura con no poca sorna.
Carmen se define como una mujer inquieta, a la que no le gusta estar parada. De hecho, acude a la Universidad Popular a aprender ortografía. Y le gustaría participar en más actividades, pero no lo hace porque no puede afrontar los gastos.
Esta viuda pide a las autoridades que «suban las pensiones ya». Reclama, además, que esa subida sea lo suficientemente significativa como para poder vivir con cierta holgura, sin estar siempre con sensación de agobio, «que es lo que me ocurre ahora». Hasta que llegue esa esperada mejora, Carmen se verá obligada a seguir viviendo con menos de 500 euros al mes y continuará acudiendo a comer a casa de sus hijos «hasta que se cansen y no me inviten más».











